En el Pazo de Santa Cruz el alarife ejecuta el diseño de un palacio que resume el estilo y aspiraciones de todas las casas solariegas. Alzada sobre tres pisos, esta casona de comienzos del xix lleva en sus cimientos la firma de Fernando Domínguez y Romay. A lo largo de la fachada, este arquitecto recurre a fórmulas de loable sobriedad. En la planta baja, el almohadillado sirve de entonación decorativa, y cumple esa misión con discreta elegancia. Decir que el primer piso gana en exuberancia ornamental sería desmedido. No obstante, algo hay de eso, tal y como manifiestan los primores de herrería que hay en los balcones y el escudo de la casa de Santa Cruz posado bajo el frontón triangular de la cornisa.
Se diferencia con facilidad este clasicismo que distingue al pazo de otro estilo compostelano: el barroco propio de edificios como el convento e iglesia de San Agustín. Este último recinto fue alzado en el siglo xvii gracias al patrocinio del Conde de Altamira. A partir de ese donativo, la Orden de los Agustinos Calzados dispuso de un templo y un claustro diseñados por el maestro Fernández Lechuga. Más próxima al palacio de Santa Cruz en su tono y ambición es la fachada de San Agustín, que es neoclásica y además alberga una imagen de la Virgen de la Cerca. Un pensamiento religioso sustituye de ese modo a la noble impresión que depara la citada casa solariega.