Describir una ciudad siempre acarrea omisiones, zonas de sombra e incluso inadvertencias. Nuestro recorrido, casi siempre de forma involuntaria, confirma lo anterior. Al conocedor de Compostela que lea estas páginas han de faltarle datos, e incluso alusiones fundamentales a santuarios, templos consagrados o monasterios que él juzga indispensables dentro del catálogo local. El repaso minucioso saca a relucir instituciones y monumentos sugestivos de los que no ofrecemos descripción alguna. A vuelapluma, mencionamos estas exclusiones: las iglesias de la Pastoriza y de la Universidad, el templo de San Caetano y el de San Pedro de Afora, la Casa de Bescansa, la Casa del Canónigo Juan Somoza, el Casino Ateneo de Caballeros, el Hospital de San Roque, el Palacio del Conde de Santa Cruz de Ribadulla, el Teatro Principal, el Palacio Viejo, el Salón Teatro y, por supuesto, las carballeiras y otros parajes ajardinados, urbanos o semiurbanos, como San Lorenzo y Santa Susana. A falta de mayor espacio, ha de disculparse este escaso miramiento, que tratamos de compensar facilitando al lector un panorama general, coloreado diversamente, sin meta y sin agobio, como quien abre una portilla que da al universo compostelano. Parafraseando a Rosalía, dicho panorama, regado por una mansa llovizna, ha de abarcar campos y plazas, calles y conventos, iluminados por el sol «con rayo oblicuo / a través de los húmedos vapores, / blanquecinos a veces, otras negros».
Para afinar aún más la disculpa, vamos a introducir en este punto algún detalle sobre un templo que no figura en la parte principal de los manuales, pero que sobresale por belleza y armonía de líneas. Se trata de la iglesia de Santa María del Camino, alzada en la encrucijada que forman las rúas Travesa y Oliveira. Al igual que muchas otras edificaciones de la ciudad, hay en sus muros algún vestigio románico, solapado bajo la mampostería neoclásica. Quien se hizo cargo de su construcción fue Miguel Ferro Caaveiro, que dio por terminada esta labor en 1770. El clasicismo de la traza se eleva a otros detalles, como la Inmaculada de Manuel Prado Mariño, las representaciones rococó de Bieito Silveira y el retablo de Manuel de Leis.