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Santiago de Compostela

37. Convento e Iglesia de Santo Domingo de Bonaval

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El visitante que llegue a este edificio pensará, con toda razón, que penetra en un santuario del galleguismo. De hecho, el fundamento sentimental del convento y su iglesia halla un refuerzo castizo en el Panteón de Gallegos Ilustres y en el Museo del Pueblo Gallego, dos lugares en los que cabe reflexionar acerca de la importante herencia galaica, admirable por muy variadas razones. Atentos a un propósito pedagógico, los gestores del Museo facilitan datos sobrados acerca del edificio y sus cualidades históricas. Por medio de ellos, sabemos que el fundador del recinto conventual pudo ser Santo Domingo de Guzmán, quien fue peregrino allá por 1219. Hay legajos que en 1228 citan al monasterio y lo sitúan, en principio, bajo la advocación de Santa María. Más tarde, el nombre de Santo Domingo (San Domingos) de Bonaval anunció otro patronazgo.

El arzobispo Antonio de Monroy, deseoso de mejoras en toda la ciudad, decidió en 1699 reforzar la estética del convento. Quien se hizo cargo del trazado fue Domingo de Andrade, respetuoso siempre con la casa de Altamira, protectora de esta misión. Llama la atención la triple escalera helicoidal que el artista situó, ambiciosamente, en el margen noroeste. Con ánimo barroco, Andrade dio ejemplo similar de maestría en el resto del claustro y en la magnífica fachada.

Al igual que el convento, la iglesia es fruto de una sucesión de estilos. Así, el cuerpo central del templo admite el rótulo del gótico mendicante, propio de los siglos xiii y xiv. Desde lo alto, se advierte que la planta es de salón. Dividida en forma de cruz, cuenta con tres naves y crucero, y forma un ángulo recto con el convento. En la capilla mayor, bellamente diseñada, reposan cuatro sepulcros del siglo xv, correspondientes a miembros de la casa de Altamira. Presidida por San Vicente Ferrer, la capilla absidal de la izquierda dispone de un retablo del siglo xviii. En contraste, la capilla del lado opuesto está dedicada a Santo Tomás de Aquino. Otras capillas hermosean el conjunto: la de San Pedro Mártir; la de San Jacinto, obra de Gaspar de Arce (1617), la de Santo Domingo en Suriano (1657) y la del Rosario (1635-1645), debida a Bartolomé Fernández Lechuga y Jácome Fernández. En lo que a la imaginería concierne, hay que destacar en este recorrido la imagen de Nuestra Señora de Bonaval, datada en el siglo xvi, y el más moderno Cristo del Desenclavo, de José Ferreiro.

En la iglesia hallamos asimismo el antes citado Panteón de Gallegos Ilustres, que se despliega en una capilla lateral. En él reposan los restos de la escritora Rosalía de Castro, el político Alfredo Brañas, el escultor Francisco Asorey, el poeta Ramón Cabanillas, el pintor y escritor Alfonso Rodríguez Castelao y el geógrafo Domingo Fontán; todos ellos personajes culminantes de la cultura local. Ya en el exterior, causa admiración al visitante la sobria fachada eclesial, iluminada por tres imágenes de soberbio goticismo: la Virgen con el Niño Jesús, y a su vera, San Pedro y Santa Catalina.

La desamortización de Mendizábal dio lugar a un proyecto desmedido: la conversión de Santo Domingo en cuarteles de los Regimientos de Compostela y Santiago. No se llegó a tanto. Gracias al arzobispo Vélez, la edificación sirvió de sede a un hospicio desde 1841. En el siglo xx, un colegio de sordomudos y ciegos se acomodó en el mismo perímetro. En 1963 se inauguró en este espacio el Museo Municipal, que más tarde cedió sus expositores al Museo del Pueblo Gallego (1977).

Filgueira Valverde relaciona con Bonaval la leyenda de Juan Tuorum, herrador de la Puerta del Camino, condenado sin defensa a la pena capital. Al orar el reo ante la imagen de Nuestra Señora de Bonaval, dicen que gritó: «Ven e valme», y allá mismo cayó muerto. El hecho vino a demostrar, por vía sobrenatural, la inocencia del personaje. Destaca Filgueira que las gentes atribuyen a este suceso la construcción del pórtico de Bonaval, cuya falsa etimología es la exclamación de Tuorum. «A la sombra de los finos ábsides de Santo Domingo —escribe—, podréis leer la leyenda de Juan Tuorum, adornada con toda novelería en: Neira de Mosquera, La Casa del Diablo, escrita hacia 1847, y La Calle de Bonaval en las Monografías, y en Casulleras, Juan Tuorum, leyenda premiada en los Juegos Florales de 1880».

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