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Santiago de Compostela

25. Pazo de Bendaña

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A no dudarlo, el Pazo de Bendaña es el edificio más llamativo de la Plaza del Toral. Su alzado, característico de su autor, Fernández Sarela, presenta una ornamentación que nos brinda la memoria estética del xviii. Ramón Otero Pedrayo lo ve así: «Preside el Toral la fachada, sobria en su generosa ornamentación, del palacio antiguo de Bendaña, una de las más bellas, quizá la más bella, de las moradas de Santiago en las que un gusto cortesano anima la gravedad de la piedra». Majestuoso y viril, Atlas se eleva sobre la portada, demostrando que puede llevar el mundo a cuestas. La imagen, recia en su mitología, tiene algo de sobrerreal, y ello le viene que ni pintado al moderno contenido del edificio: la surrealista colección de Eugenio Granell. De este artista coruñés habría mucho que contar, pero de momento, el lector tendrá que limitar su curiosidad al siguiente esbozo: escritor, pintor y fotógrafo, se exilió en París desde 1939, donde trató a Benjamin Peret y a Wifredo Lam. La invasión nazi forzó un nuevo destierro, esta vez hacia América. En 1960 trabajaba ya como profesor de Literatura española en el Brooklyn College neoyorquino, al tiempo que seguía dando ejemplos de maestría frente al lienzo. Para explicar su estirpe surrealista suele citarse, por un lado, su encuentro con Breton en Santo Domingo, y por otro, el interés que mostró por la expresividad precolombina. Como escritor, le debemos novelas como El clavo (1967), Lo que sucedió (1957) y La novela del indio Tupinamba (1959), y textos reflexivos, en la línea de Isla, cofre mítico (1951).

En abril de 2000, el palacio de Bendaña sirvió de sede a una exposición que festejaba el universo de Granell y de su esposa, Amparo Segarra. Para entonces, ya se habían cumplido cinco años desde la firma de un convenio entre el artista y el Ayuntamiento, gracias a lo cual inició su andadura esta Fundación que lleva el nombre de don Eugenio. Desde entonces, quien visite el pazo podrá disfrutar de las obras del pintor gallego, admirando de paso su colección étnica. En 1997, otro surrealista, el británico Philip West, añadió generosamente a la muestra obras y libros de enorme interés. Si a ello sumamos el vigor con que los gestores de la Fundación promueven toda suerte de actividades académicas y pedagógicas, entenderá el lector por qué este enclave, animado por exposiciones fijas y temporales, constituye una indispensable visita.

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