Con su inextinguible interés por las tradiciones compostelanas, Filgueira Valverde relata la aparición de la Virgen del Portal y la incluye en su discurso estético. «Hallada en el cimiento de unos muros —escribe—, al comenzar la fábrica del convento de Belvís, que domina, como una roca fuerte, con sus piedras doradas, la visión de la ciudad al sol naciente». Dicho monasterio fue fundado en 1303 por doña Teresa González, pero admitió un sesgo barroco cuando el arzobispo mejicano Monroy ordenó su reconstrucción. Resulta interesante para los estudiosos de la arquitectura saber que quien trazó los planos del convento, fray Gabriel de las Casas también puso su firma en algunos de los edificios más notables de la ciudad.
Otro admirador de este centro monumental es Ramón Otero Pedrayo, que no escatima la ternura en su descripción: «Por el naciente, desde la Virgen de la Cerca o calle de San Pedro, el grupo de religiosa belleza del convento e iglesia de Nuestra Señora de Belvís, con su capilla, muy devota, de la Virgen del Portal y una vista inesperada de la ciudad». Ciertamente, para acceder a esa vista encantadora debe el viajero alejarse del núcleo urbano, cediendo a la invitación que ofrece la rúa o callejón das Trompas.
Caractericemos brevemente los méritos del recinto. El templo cumple con el estilo de su creador, Fernando de Casas y Novoa. Ese alarde ornamental que diferenció a nuestro alarife figura, por ejemplo, en la fachada del comulgatorio, donde se entreveran los detalles geométricos y los vegetales. Aunque en este espacio cobra fuerza la creencia que sitúa a Nuestra Señora desapareciendo de la capilla para reaparecer en el nicho que primero la guareció, conviene no perder de vista las obras que, fuera del prodigio, homenajean a la Virgen del Portal. Por ejemplo, el retablo y la capilla (1694), de Domingo de Andrade, y el camarín (1703), de Alonso Gosende.