Al igual que les ocurre en Trieste a Italo Svevo y a Claudio Magris, el viajero que llega a Compostela ama las cosas que no existen y encuentra en la ausencia su propio destino. Pensemos en la plazuela de San Pedro, donde figura la iglesia neoclásica bajo cuyos cimientos se oculta el tiempo perdido, o mejor, las páginas de un libro que leemos de atrás hacia delante. Ruinas, vislumbres, atisbos de lo que un día fue y dejó de ser la ciudad. Desde hace mucho la arqueología sabe construir este tipo de reminiscencias. De ahí que nos guíe esa disciplina a la hora de figurarnos cómo creció el recinto de San Pedro de Afora.
En el atrio descubrieron los investigadores algunos enterramientos. Dicen que corresponden a romeros que hallaron su cobijo final en el viejo monasterio benedictino, antaño usado como hospedería. Los restos más antiguos están datados en el siglo xii, el mismo en el que se alzó el antiguo cenobio. Como un fondeadero en el que confluyen los regatos de la historia, el suelo de San Pedro nace de la memoria y asimismo la enciende y la excita. Por eso decimos que las figuras talladas por Ferreiro no sólo enriquecen el interior templo; tienen además algo de guardianes o de exponentes de una nostalgia gloriosa.