Ante la majestad de la catedral compostelana, edificio cuyos cimientos y puntales parecen ser la armonía y el espiritualismo, se advierte por qué hay más enjundia en los afanes de los peregrinos que en las afirmaciones de algunos estudiosos. No en vano, habla este trazado arquitectónico por boca de una devoción milenaria. Al fin, se comprende lo refinado de tan piadosa elocuencia, pues el símbolo apostólico expresa, a la par, el ideal cosmopolita que avanza por el Camino, y también una creencia firme, arraigada en los anales, que place al espíritu de los devotos. Pasarán otras tantas centurias, y vibrarán en los oídos del visitante los mismos acordes: por un lado, éste continuará intuyendo el misterio de lo sagrado, y por otro, aspirará de nuevo a una fraternidad universal en la que no quepa engaño. Hemos de creerlo, en Compostela culminan ambas metas: el sentido místico y el idealismo humanista. Para el caso, el peregrinaje es un viaje de iniciación; y el peregrino no hace otra cosa que acentuar el valor poético de esa vía llena de presentimientos, muy proclive al desciframiento de intimidades.
Palpitante en las crónicas y en la actualidad, Santiago no sólo atiende a la certeza de los devotos. Aún más: por una clara necesidad de lo contingente, otros prefieren recorrer la ciudad con distintos ritmos y vanidades. Señalando un atajo feliz, hasta aquí llegan los estudiantes, los sibaritas y los agitadores. Y no es para ellos el gozo extático el único deseable, sino también el que proviene de otros estímulos menos espirituales, de ésos que permiten vivir a fondo el tiempo. A saber: el vario sonar de las palabras, el despego de los compromisos, la simple inercia del gusto, y en fin, cuantos placeres —tangibles, por supuesto— palpitan en zaguanes, cocinas y escaparates justamente renombrados. Sin entrar en sutilezas escolásticas, la calle se torna, por esa vía, academia sentimental; esto es, reveladora de dichas e inspiraciones contagiosas.
Entre aquellas sutilezas de la Compostela eclesial y estas afinidades —terrenales, o mejor, nocturnas— que el callejeo revela, surge, inexorablemente, una contradicción. Pero aún hará falta mucho tiempo antes de que algún pensador se decida a resolverla. Al cabo, el visitante que acá se instala prefiere deambular seducido por brillantes paradojas. Vea el lector que para fecundarlas, nada hay mejor que la manifestación por excelencia del viaje compostelano, que no es otra que la curiosidad. Guiados por este último rasgo, iniciamos en este punto un trayecto que comprende, en forma resumida, todo el dominio local, y que ha de llevarnos desde el oro bruñido de los altares hasta el calor de los mejores fogones.