Alrededor de la figura del Apóstol, y sobre todo en las fechas que para ello estipula el calendario, lugareños y visitantes se relacionan de acuerdo con dos protocolos: el festivo, desordenado y feliz, orientado al goce; y el litúrgico, sometido a una antiquísima tradición y hondamente religioso. Cuando llega el 24 de julio, el estímulo principal es la quema de la fachada catedralicia. De algún modo, el resplandor inaugura el juego retórico de las fiestas patronales; un juego que, de ahí en adelante, cobra total sentido durante la ofrenda al Apóstol, realizada el día 25. Pero, entendámonos: aunque el forastero prefiera estas celebraciones, debe saber que no son las únicas que acá se cumplimentan. Para descubrirlo, le basta con llegar a la ciudad durante las fiestas de la Ascensión, cuya fecha oscila entre mayo y junio; o durante el carnaval (antroido), que construye esperpentos con buen ánimo y originalidad.
Con todo merecimiento, las fiestas del Apóstol y de la Ascensión atraen a un crecido número de visitantes. No obstante, hay otros días de feria y procesión que merecen nuestro interés. Para no desordenar el ciclo de festejos, vale la pena seguir el almanaque ordenado por Antonio Rodríguez López. De acuerdo con esa agenda, enero tiene en Compostela como celebraciones señaladas las de San Julián. Entre febrero y marzo, conviene no olvidar las de San Lázaro, que incluyen misa, subasta, refrigerio y verbena. Tras las solemnidades propias de Semana Santa, llegan en abril las fiestas de San Marcos y San Pedro Mártir. En mayo, se organizan las de Santa Lucía y las de la Virgen de Fátima. Una vez llegado junio, las comisiones festivas deciden celebrar San Antonio y San Juan. Durante el siguiente mes, abundan las conmemoraciones religiosas: San Pedro, el Santísimo Sacramento y San Antonio, San Caralampio, el Carmen y San Cristóbal. Lo mismo sucede en agosto, un mes durante el que los compostelanos acuden a las fiestas del Divino Salvador, y también a las del Santísimo, las de la Merced, las de Nuestra Señora, San Sebastián y la Divina Pastora. A partir del 1 de septiembre, la ciudad celebra otras advocaciones, en más de un caso relacionadas con el fervor mariano: la Virgen del Perpetuo Socorro, la Virgen Peregrina, Nuestra Señora de las Angustias, la Virgen de Guadalupe, Nuestra Señora de Belén, Santa Cristina, Santa Eufemia, San Serapio, la Virgen de la Gracia, el Rosario, Santa Cristina y el Sacramento, San Campio y San Miguel. Finalmente, el invierno cede paso a liturgias desordenadas, como el día de Todos los Santos, los festejos de San Martín y los de Santa Olalla.
Toda esta sucesión festiva tiene una faceta religiosa y otra divertida. Ambas cobran valor independiente. Desde luego, si nos referimos a la segunda, tendremos que hablar de verbenas, fuegos de artificio, cenas campestres, bailes y alegres melodías, preferiblemente de gaita. En definitiva: la vida a chorros, o mejor, la espontaneidad, designativa de los hombres felices por encima de cualquier remordimiento o desasosiego.
Detalle. Viejo retrato de un músico popular en el Museo del Pueblo Gallego.
Detalle. Fotografía de un antiguo grupo de instrumentistas.