«No soy tan necio que me atreva a negar a las apetencias y problemas económicos un papel importante, importantísimo, en el equilibrio y juego de los factores determinantes del devenir histórico. Me niego, sí, a considerarlos decisivos en el pasado de los pueblos y de las culturas, ni siquiera como preponderantes. Para no salir del campo de la Edad Media al que he consagrado mi vida de estudioso, me atrevo a preguntar si pueden atribuirse a causas económicas las peregrinaciones a Compostela, y me niego a atribuírselas a las Cruzadas a Tierra Santa. Es seguro, a la inversa, que aquéllas y éstas tuvieron grandes consecuencias en la economía de Occidente y contribuyeron a cambiar sus estructuras sociales. (...) Me niego a admitir que, como pretenden los creyentes en la interpretación materialista de la historia —y escribo creyentes porque en verdad profesan una fe y en verdad practican una religión— y como creen quienes les siguen por snobismo o por pereza mental, me niego a admitir que el Hombre, con mayúscula, y por tanto las comunidades humanas, no sean libres de elegir su futuro y que seamos prisioneros de leyes económicas que no podemos quebrantar».
(Tomado de «Historia y libertad», en Siete ensayos, Planeta, Barcelona, 1977, pp. 114-117)