Compostela es un paisaje apropiado para el cronista. Aunque la tentación que le acecha sea el fantaseo, este historiador, sobre todo si es riguroso, tiene a su disposición una bibliografía formidable, en la que puede inspirarse para abordar nuevas pesquisas sin perder el rumbo. Con mayor humildad y sin glosa erudita, en las próximas líneas vamos a limitar el campo, echando el anzuelo en el pasado para extraer datos esenciales, con un empeño que podríamos tildar de impresionista. Porque son impresiones, visos o ramalazos de sentido lo que el lego recibe al situarse frente al relato jacobeo. Entre la categoría metafísica y las intrigas subterráneas se mueve, simplemente, la historia de una ciudad noble y reconcentrada, capaz de entonar distintamente su palabra según sea el ritmo de los peregrinos que a ella se aproximan.
Comienza este trayecto bajo el suelo, guiado por rastros arqueológicos que animan a dibujar una primera población, previa al siglo vii. Hablamos, pues, de una Galicia cristiana. «Parece indudable —advierte José Campelo en su prefacio a la Historia Compostelana— que antes de la conversión definitiva de los suevos al catolicismo en 563 existía ya una sede episcopal establecida en Iria Flavia, hoy pequeña villa próxima a Padrón, a cuyo ayuntamiento pertenece». La vieja ciudad romana que reposa bajo la actual, circundada por una muralla, tiene un punto de máximo interés en ese mausoleo del que al fin se apropió el recinto catedralicio. Los mártires cristianos ahí sepultados connotaron religiosamente al lugar, transformado en una suerte de santuario. La oscuridad y la especulación, con todo, se adueñan de este periodo y de su reseña. Quedan más claros los acontecimientos que sucedieron a partir del siglo ix.
Cuando Teodomiro, obispo de Iria, estudia el mausoleo citado, cae en la cuenta de que los restos confirman una idea: la de que ahí reposa el Apóstol. De ese modo, la piedra confirma otra creencia popular, según la cual Atanasio y Teodoro transportaron el cadáver decapitado de Santiago hasta Iria Flavia, dándole sepultura entre los árboles de Libredón. Comprendiendo la importancia del hallazgo, Alfonso II el Casto, rey de Asturias, animó la elevación del primer templo compostelano y en 829 organizó el Señorío de Santiago. Desde 830 existió el llamado locus sanctus Beati Iacobi, cuyo eje era la citada iglesia, reemplazada a fines del siglo ix por la basílica que oportunamente ordenó construir el obispo Sismando I. Aludiendo a esa pequeña ermita de piedra, Vicente Risco recuerda que el rey Alfonso hizo venir a doce monjes benedictinos para que cantasen en ella. También menciona el famoso galleguista que se construyeron habitaciones destinadas al clero secular. Tras este primer impulso, «muy pronto hubo allí tiendas y otros edificios, de manera que en treinta años se formó una ciudad con calles y foro». Añade Risco que luego se alzó el templo de Santa María de la Corticela, «con una nueva comunidad benedictina, instalada por su abad Ranualdo en la casa de Besulio, en Pinario, y por fin se rodeó la ciudad de murallas y torres para la defensa».
Para comprender la identidad política que la monarquía confirió al santo, hemos de llegar al año 844, pues fue durante la batalla de Clavijo cuando se quiso ver al espectro del Apóstol, cargando sobre su corcel y atemorizando sin remedio a los infantes musulmanes. En lo sucesivo, la simbología del santo quedó imbricada en la imaginería propia de la Reconquista. Convencido de su valor, Ramiro I propició esta figura. De ahí que reforzase el patronazgo de Santiago y diseñara un Voto mediante el que fuera posible costear la adoración del Apóstol. Dicho voto se concretaba en un impuesto de trigo o vino que recibía el cabildo compostelano. De otra parte, el prestigio de las reliquias creció por toda Europa, y ello originó la peregrinación jacobea, en la cual bulle la cosmovisión cristiana de la época. En buena medida, este pujante recorrido metafórico vino a construirse en contraste con el repertorio político-religioso que difundían los musulmanes, apuntalando de paso la legitimidad monárquica.
Siguiendo punto por punto la crónica de Risco, podemos hacernos una idea de qué vaivén de poderes sacudió a este extremo peninsular. En 904, Alfonso III decidió que reinara en Galicia su hijo segundo, Ordoño II. La herencia de Alfonso lo mantuvo en el trono. Ambicioso y aventurero, Ordoño dirigió una expedición en Andalucía, y allá hizo un buen número de prisioneros. A la muerte de su hermano García I, heredó León en 914 y allá instaló su Corte. Posteriormente, convirtió en rey de Galicia a su hijo Sancho. Este Sancho Ordóñez perdió Asturias por culpa de su tío Froilán, pero retomó Galicia a su muerte, allá por el año 925. Fue coronado en Compostela por el obispo Hermenegildo, y luego, en 926, guerreó con su hermano Alfonso IV de León, «a quien expulsó de su reino, y a quien venció nuevamente cuando, en 928, vino a recobrarlo, ayudado por el rey de Navarra».
Desde un punto de vista material, el progresivo enriquecimiento del santuario no sólo sirvió para dignificarlo estéticamente. También atrajo a salteadores de diversa fuerza. Podemos imaginar un drakkar normando, repleto de espadachines y maceros vikingos, resueltos a procurarse un admirable botín a golpe de hacha. La visión es sugestiva y se atiene a las crónicas. Risco cita a Murguía, y dice que los combatientes seguían las órdenes de dos caudillos, Hastings y Bjoern Jernside. De acuerdo con dicho estudio, nada menos que cien naves avanzaron por la ría de Arosa en 858 u 860. Tras el saqueo de Iria, «cobraron rescate a Compostela y se proponían robar los huesos del Apóstol, cuando apareció el conde don Pedro, que los venció y mató gran número de ellos». Todo ello es digno de una saga, o más bien de una edda, al estilo de aquellas que compusieron los grandes poetas escandinavos y que tanto fascinaron a Borges. No obstante, aunque nos parezca temible la incursión normanda, los atacantes que realmente triunfaron en este propósito no lucían cuernos en sus cascos de ceremonia, sino gallardetes con la media luna.
En capillas como ésta ha prendido el fervor jacobeo.
Entre las visitas ineludibles para el peregrino, figura un recorrido por la cripta apostólica.