Los prodigios de la naturaleza gallega tienen analogía con el linaje de los científicos locales, en quienes figura asimismo ese matiz de asombro que revelan los bosques y costas de la región. Frente a estas fuertes connotaciones, dos personajes declaran bien el espíritu de la tierra, sobre todo al procurar para sus carreras un claro estribillo biológico. Nos referimos a don José Andrés Cornide de Folgueira y Saavedra , historiador y geógrafo que acudió a las aulas compostelanas, y a don Miguel Colmeiro y Penido, reputado botánico, nacido en Santiago. Aunque sospechosa de admirativa parcialidad, la mención de ambos eruditos nos conduce a un edificio civil donde aquéllos conservan su fama: el Museo de Historia Natural Luis Iglesias, en cuyas tres salas cabe abarcar, partiendo del substrato ibérico, la diversidad de los ecosistemas gallegos. La colección, capaz de contenerse en un espacio breve pero denso, nos da asimismo el pálpito de la naturaleza compostelana. Lo singular del caso es que el moderno esfuerzo de sus gestores —científicos al cabo de la calle— no evita una nostálgica meditación acerca de otros sabios que les antecedieron. Por esta razón, vamos a mencionar que el origen de la muestra es, en realidad, el Gabinete de Historia Natural que la Universidad de Santiago puso en marcha allá por 1840. El visitante no sólo puede disfrutar de algunas piezas de aquel periodo inaugural; también aprende a admirar a hombres de ciencia que ennoblecieron a esta tierra, como Víctor López Seoane e Isidro Parga Pondal.
La sabiduría de investigadores como los anteriores preside ciertos rincones de la ciudad; bien resumida en museos, bien homenajeada en ciertos monumentos. Sin duda, el síntoma más significativo de esa propensión por lo natural es el parque de la Alameda, diseñado en 1831 por Blas Galiano. Lo que da viveza a este parque es su aire afrancesado, equilibrado en tres dominios sucesivos: la Alameda, la Herradura y la Carballeira de Santa Susana. Ahora bien, este juego de elementos naturales también gravita —y ya sin gestos parisinos— en diseños más recientes: por ejemplo, en el Auditorio de Galicia, sin duda embellecido por el lago que asimismo beneficia al Parque de la Música en Compostela y al Campus Norte. Esta mecánica se da con parecida eficacia en el Parque de Bonaval, cuyo perímetro acoge, indistintamente, el verdor de la botánica y los pasajes vanguardistas que conducen al complicado tapiz del Centro Gallego de Arte Contemporáneo.
Uno de los recorridos que más agradece el viajero es éste que le lleva a los parques de la ciudad, nuevos o antiguos, pero siempre apacibles, beneficiarios de un importante desvelo urbanístico. Las posibilidades son generosas en número y hallazgos. Lo podrá comprobar quien cruce los límites de parques como el de Carlomagno, el de la Almáciga, el de la Vaguada de Belvís, el de las Brañas de Sar, el de las Galeras, el del Campus Sur, el del Monte Pedroso y el del Paxonal.
Ahora bien, aun siendo fácilmente concebibles los espacios verdes en el interior urbano, es evidente que éstos sólo son un atisbo, una sugerencia de lo que el entorno ofrece. Al cabo, la comarca que los lugareños conocen por el nombre de Terra de Santiago es tan exuberante como variada, y cifra esa opulencia en el agua salada —estamos a treinta kilómetros de la costa— y en los frondosos bosques, sean éstos de hoja perenne —alisales, fresnedas, pinares— o caducifolios —robledales—. En este ámbito, el Monte do Gozo, tan sugerente para el turista, traduce la singularidad orográfica del lugar. Antes de subir por su ladera, los antiguos peregrinos solían detenerse en Lavacolla —carente por entonces de aeropuerto— para asearse en los regatos que por ahí asoman. El agua, en definitiva, esculpe el terreno y abre nuevas vías. En Compostela, las cuencas del Tambre y del Ulla muestran su vigor camino de sus respectivos destinos: el Atlántico y los puertos de la Ría de Arosa. Ramón Otero Pedrayo atiende con mayor cuidado al Ulla, un río salmonero cuyos horizontes domina el Pico Sacro. El valle del Ulla, según proclama don Ramón, «es el jardín de Compostela y en muchos aspectos la síntesis geórgica de Galicia».
Otra ribera, la del Sar, circunda el altozano compostelano y le da ese perfil poético que Rosalía de Castro supo aprehender con delicadeza. Conviene saberlo: los valles del Ulla y del Sar coinciden en Puentecesures, un paisaje bien conocido por nuestra poeta. No obstante, quien pretenda cambiar la elevación lírica por altura física, puede lograrlo en la cima del monte Espiñeira, propenso al vértigo y también a los mayores asombros que imaginarse pueda.
Detalle. En las terrazas de Santiago perdura la fascinación por el mundo vegetal.
Detalle. El hórreo es una construcción típica de los campos galaicos.