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Santiago de Compostela

El Camino y la ciudad(1 de 2)

El peregrinaje, como la alquimia, implica siempre una transformación, el cambio interior del ser humano que se sabe perfectible a través del conocimiento. Muchos lectores han creído hallar la cifra de esta vicisitud en lecturas esotéricas, al estilo de ésa que propone Paulo Coelho en El peregrino de Compostela, un libro que traduce la experiencia del autor en el Camino, allá por 1986. Silenciaremos adrede otros ejemplos de este jaez, por no entrar en consideraciones simbólicas que, mal o bien, alimentan a los profetas de la Nueva Era y a narradores gozosamente congraciados con el esoterismo, como el madrileño Fernando Sánchez Dragó. En un sentido tradicional, nos agrada en mayor medida la imagen clásica del peregrino, acaso ajeno a este tipo de singularidades mágicas, pero siempre firme en su paso hacia el Sepulcro. Lo describe con aliento literario Alejo Carpentier: «Por caminos de Francia va el romero, con las manos flacas asidas del bordón, luciendo la esclavina santificada por hermosas conchas cosidas al cuero, y la calabaza que sólo carga agua de arroyos». El Camino significa para él sacrificio y también devoción: «Empieza a colgarle la barba entre las alas caídas del sombrero peregrino, y ya se le desfleca la estameña del hábito sobre la piadosa miseria de sandalias que pisaron el suelo de París sin hollar baldosas de taberna, ni apartarse de la recta vía de Santiago, como no fuera para admirar de lejos la santa casa de los monjes cluniacenses».

Paralela a esta crónica de romeros anónimos, corre otra crónica, la de los religiosos y mandatarios de renombre que cambiaron su destino en el plenilunio de la ciudad de las conchas. Tal es el caso de la escandinava Santa Brígida, fundadora de la Orden de San Salvador, quien matrimonió en 1316 con el noble Ulf Gudmarsson y peregrinó junto a éste en 1341. Algo parecido sucede con Santo Domingo de la Calzada (1019-1109), promotor de un puente sobre las aguas del Oja y de una hospedería: dos obras destinadas al bienestar de los peregrinos. Por supuesto, a los nombres ilustres hay que añadir otros elementos que transitan por el Camino. A saber: tradiciones, aires literarios, estilos artísticos y las más variadas citas y ejemplos de eso que hoy llamamos cultura europea.

En Antología de los poetas líricos castellanos, Menéndez Pelayo refleja a incesantes oleadas de peregrinos, llegados de todas las zonas del Centro y Septentrión del continente, que traen hasta Santiago, «al son del canto de ultreya, los gérmenes de la ciencia escolástica y jurídica, y las semillas de la poesía nueva». Por supuesto, don Marcelino no sólo estaba interesado por el rastro de la lírica provenzal. Una carta enviada a nuestro sabio por Fidel Fita desde Santiago de Compostela, el 13 de agosto de 1882, nos permite saber que aquél recibía informaciones arqueológicas de gran interés. El día 17 de ese mismo mes, Fita tenía previsto ir a Iria, con el fin de practicar en su templo una excavación sobre el lugar de enterramiento de los veintiocho obispos santísimos de los que habló Diego Gelmírez. «Las notas que he tomado —escribe— me inducen a imaginar que pudieron (algunos al menos) haber sufrido de las persecuciones arrianas que precedieron á la conversion del rey suevo Teodomiro y de Recaredo». Pero Fita va más allá: «La confrontación de la reliquia de Santiago, traída de Sahagún, con las que se supone son del Apóstol y fueron encontradas, no ha muchos años, debajo del pavimento del Altar mayor, da por ahora un resultado muy favorable». El estudio de tales restos, aun en aquel viejo capítulo arqueológico que acabamos de referir, nos conduce a una generosa bibliografía, bien provista de teorías, especulaciones y tentativas de explicación. Hasta hoy llega ese estraperlo de conjeturas, y es más: no da muestras de decadencia. Por intermedio del Apóstol, magos, falsarios y científicos se encargan hoy de reavivar ese mismo interés, suministrando de cuando en cuando nuevos hallazgos y astucias textuales.

Desde su inicio en el siglo ix, las peregrinaciones sirvieron para difundir el arte románico y los estilos que a éste sucedieron y que con él se solaparon. Pero hubo otras cadencias, otras polifonías. Vigilados por los caballeros de la Orden Militar de Santiago, las rutas y sus viandantes se modelaron mutuamente, entablando un juego de ecos que aún resuena en la conciencia subterránea del municipio. Al fin, Compostela consuma un proceso: un ajuste conciliador de virtualidades que van desde lo quimérico y lo religioso hasta lo económico y exclusivamente funcional. Esta conquista de energías al término de todos los senderos —incluidos los ultraterrenos— se convierte en motor, en foco radiante que imprime carácter a una ciudad abierta, imposible de explicar sin el concurso de las rutas que hasta ella conducen y que de ella parten. No en vano, el centro histórico, y más en concreto la Catedral y el Sepulcro, sirven de teatro a una transmutación interna que, año tras año, asumen con gozo cientos, miles de peregrinos.

Fotografía que muestra la puerta lateral de un edificio religioso, ante la que un grupo de personas hace cola

Detalle. Puerta del peregrino.

Una mujer se inclina y toca la imagen religiosa esculpida en una columna

Detalle. El santo d’os croques forma parte de la tradición de los peregrinos.

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