Nada más esclarecedor a los efectos de este apartado que repasar el manual arquitectónico de Compostela a medida que paseamos por la ciudad. En dominios como la Plaza del Obradoiro el motivo celestial se dilata y no reconoce sus propios límites, pero aun así deja espacio a otros vestíbulos y a otros pasajes, que aumentan en grandeza por abrirse en las proximidades de la Catedral. Impregnado de este espíritu, el Palacio de Gelmírez capta cada matiz del románico civil en sus bóvedas de crucería, ejerciendo sobre el granito un efecto asombroso. El pasado también se adueña del Hostal de los Reyes Católicos, como si el alarife hubiera decidido constituir un enlace entre las posibilidades constructivas platerescas y renacentistas (Por ser más precisos, debiéramos hablar en este caso de gótico hispanoflamenco). Lo descrito hasta ahora también sirve para definir al Palacio de Rajoy (Pazo de Raxoi), fastuosa edificación neoclásica donde hoy encuentran su acomodo la Presidencia de la Xunta de Galicia y el Ayuntamiento de la ciudad. Muros, vanos y tejados que, al fin, se imprimen con altisonancia en el recuerdo, pero sin discutir el prioritario discurso religioso que proclama el callejero. Que quede claro: con un ímpetu apenas contenible, la arquitectura piadosa invade calles y plazas, pero al cabo ha de ceder territorio a la vida privada e institucional. De ahí que en Compostela abunden los palacios en donde la nobleza aún se asoma a las fachadas, y también las sólidas estructuras, talladas a mayor gloria de las autoridades locales. De ese modo, los arquitectos implican en el juego urbano una severidad que a duras penas oculta el heráldico orgullo, necesariamente justificado.
Hay en Compostela otro aspecto que la rejuvenece: el ambiente estudiantil en que se desarrolla parte de su crónica. Desde luego, la tradición académica no es reciente y tampoco parece haber agotado sus encantos. Agregándonos a cualquier grupo de turistas, podríamos darnos cuenta de ello frente a la portada románica del Colegio de San Jerónimo (San Xerome), o ante la renacentista del Colegio de Fonseca. Fue en 1495 cuando Lope Gómez de Marzoa, a la sazón notario del Concejo, inauguró el Colegio de Estudiantes Pobres; una institución meritoria que, andando el tiempo, dio origen a la Universidad, promovida por don Alonso III de Fonseca allá por 1525. Posteriores intervenciones académicas también tuvieron su efecto arquitectónico. Por ejemplo, bien poco antes de que las Ordenanzas de Policía Urbana (1780) variasen el panorama de la Compostela residencial, Melchor de Prado, Miguel Ferro y Pérez Machado trazaron los planos de la Universidad (1774), cuya edificación duró más de un cuarto de siglo. En 1903 Antonio Bermejo puso en pie la Escuela de Veterinaria, donde actualmente se aloja el Parlamento gallego, y en 1905 Fernando Arbós entregó sus planos a los constructores de la Facultad de Medicina. Las tareas que condujeron a la finalización de ambos edificios, largas y costosas, reflejan el impulso regeneracionista de la época, todavía más evidente en la Residencia de Estudiantes (1930), un proyecto de Jenaro de la Fuente que, al cabo de los años, propició el desarrollo de ese magnífico espacio que hoy llamamos Campus Sur.
Lógicamente, el perímetro universitario abarca edificios que no cumplen un fin necesariamente académico, pero que prestan sus formas y colorido a la actividad colegial. Así, los alumnos que aún recorren la rúa del Villar pueden toparse con residencias de tanto interés como la Casa del Deán, el Palacio de Monroy y el Palacio de los Marqueses de Bendana. Con un trazado igualmente prometedor, la Rúa Nova es el acceso que conduce al Palacio de Ramirans, al de los Condes de Gimonde y al de Mondragón, a la Casa de las Pomas y también al Teatro Principal. De menor envergadura, la Rúa da Troia alberga el Museo Casa da Troia, en donde podremos revivir el nostálgico ambiente estudiantil que Pérez Lugín inmortalizó en su novela La Casa de la Troya.