Ciertamente, si hoy recorremos las páginas escritas por Icaza, sobre todo al abordar las obras más significativas, es un hecho que su efecto continúa, y éste se evidencia tanto por el brío y la originalidad de las invenciones como por las dotes artísticas de su creador, nacido en Quito el 10 de julio de 1906 y muerto en la misma ciudad el 26 de mayo de 1978.
La biografía de Icaza se identifica en su primer tramo con la de otros ecuatorianos que frecuentaron las vanguardias y, ya en lo sociológico, la bohemia artística. Si bien creció en la hacienda de su tío y no tuvo problemas para acceder a la Facultad de Medicina, lo cierto es que no tardó en desentenderse de los estudios. Con el propósito de convertirse en actor, asistió a cursos de declamación en el Conservatorio Nacional, y muy pronto actuó en giras teatrales. Fue en ese ambiente donde conoció a su futura esposa, la actriz Marina Montoya. Atraído por la dramaturgia, probó suerte como autor dramático, llegando a estrenar obras como El dictador (1933) y Flagelo (1936).
Como el trabajo artístico no le permitía sustentar satisfactoriamente a su familia, tuvo que alternar todas estas actividades con sus tareas en el departamento de Hacienda. No obstante, siguió consagrando la mayor parte de su tiempo a la escritura, cada méz más próxima al género novelístico. En esta línea, hay que destacar su primera obra narrativa, Barro de la Sierra (1933), en cuyos relatos se pone de manifiesto la postura indigenista de Icaza.
Su primera novela, Huasipungo (1934), describía de forma descarnada los abusos que sufrían los aborígenes, y su explotación por parte de los latifundistas y la autoridad civil. Obra fundamental en la corriente indigenista, este título no sólo narra con maestría dichos ultrajes; también defiende la cultura precolombina mediante el uso de un copioso léxico indígena.
Galardonada en 1935 con el Premio Nacional de Literatura, su novela En las calles (1935) recupera ese interés por la vida de los indios, y lo hace con un estilo elocuente, despojado de amaneramientos. Curiosamente, a pesar del éxito de esta obra, el escritor tuvo que obtener nuevos ingresos con otro negocio, una librería, que le permitió equilibrar su nivel de vida.
En 1944 Jorge Icaza participó en la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, y al poco fue designado agregado cultural de la misión ecuatoriana en Buenos Aires, puesto que ocupó hasta 1953. De nuevo en Ecuador, su inclinación libresca fue recompensada con una responsabilidad idónea: director de la Biblioteca Nacional de Quito. No obstante, su experiencia diplomática cobró nuevos bríos en los últimos años de su existencia, pues entre 1973 y 1977 estuvo al frente de la diplomacia ecuatoriana en la Unión Soviética, la República Democrática Alemana y Polonia.
Aparte de otras piezas de su narrativa, como Huairapamuscas (Los hijos del viento) (1947) y Seis veces la muerte (1953), cabe resaltar la novela El chulla Romero y Flores (1958), donde analiza las contradicciones del mestizaje. Asimismo, son de interés la colectánea titulada Viejos cuentos (1960) y la trilogía Atrapados (1972).
Jorge Icaza Coronel.