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Quito

Oswaldo Guayasamín

Quien fuera definido por Pablo Neruda como «el último cruzado del imaginismo» no es un personaje que permita una fácil semblanza biográfica. Y aun sin detallar fechas, salta a la vista que Guayasamín trató de postular una estética simbolista zurcida por una fibra común: la humanidad sufriente, presa de un poder que la cautiva con falacias y la somete como un desafiante inquisidor. Claro que hablamos aquí de esa humanidad que adopta rostro indígena en Iberoamérica, viste ropas de campesino en las guerras, desnuda el corazón e interpela a sus agresores con mano temblorosa. Esa humanidad que Guayasamín imaginó bajo capas de colores neutros, por el cauce de una voluntad de estilo que, como ya veremos, lo aproxima a Goya y a Picasso.

Nació el pintor en Quito, el 6 de julio de 1919, fruto del matrimonio entre un indio y una mestiza. Aludir a sus años de infancia obliga a explicar las penurias de una familia de diez hermanos, con recursos tan exiguos que el padre se vio forzado a cultivar toda suerte de oficios, desde la carpintería hasta la conducción de taxis. Sorprende por ello que el niño Guayasamín pudiese formular una vocación tan original como el arte, y conmueve aún más su ingreso en la Escuela de Bellas Artes a la edad de trece años.

A esa etapa corresponde el cuadro Los niños muertos, pintado durante el periodo de violencia que los quiteños llamaron los cuatro días, durante el que perdió la vida uno de los amigos más entrañables de Guayasamín. Ya en ese lienzo se manifiesta esa inspiración goyesca que el artista, muchos años después, describió al periodista español Joaquín Soler Serrano: «Goya —decía— es mi amigo desde siempre. Goya es la persona con la que converso cada día. Veo sus cuadros y se entabla la amistad más profunda».

Durante la citada conversación, emitida en el programa televisivo A fondo y más tarde transcrita en el libro Personajes a fondo (Planeta, 1987), Oswaldo Guayasamín resumió a Soler Serrano las principales influencias de su estilo artístico: «Yo diría que hay tres grandes cuadros que son para mí como los puntales de lo que voy a hacer en el futuro. El Greco, en la medida de su matemática, de su cinetismo. (…) El entierro del conde de Orgaz tiene tres movimientos: el incidente de la muerte abajo, después el alma que va a pasar entre dos nubes inmensas abiertas como dos piernas de mujer, y el tercer movimiento arriba, entrando ya en la eternidad… Es tal vez el primer cuadro cinético de la historia, algo que me conmueve profundamente. Más tarde conozco en París, en el Louvre, otro cuadro extraordinario que se llama La Pietá d’Avignon. Y luego surge el Guernica de Picasso. Entre Goya y estos tres cuadros está una gran parte de mi pintura».

Pero la alquimia requiere otros componentes, más allá de la impresión que le causaron las obras citadas. Por ejemplo, hemos de mencionar sus visitas a los museos estadounidenses y un viaje a México, durante el cual se granjeó los afectos de José Clemente Orozco y de Pablo Neruda. Y como toda aventura reclama un desenlace, fue en 1947 cuando Guayasamín comenzó la elaboración de los 103 cuadros que componen la serie Huacayñán, rótulo que en quechua significa ojera, o dicho más poéticamente, camino del llanto.

Parece claro que la sangre vertida en Hispanoamérica inspira esta colección de lienzos que el artista concluyó en 1951. Por otro lado, siguiendo el hilo de la exposición itinerante de dichos cuadros, es fácil localizar el momento en que cambió la fortuna de su autor. Ocurrió en 1953: la serie fue exhibida en el Museo Nacional de Caracas y en pocos días se vendieron más de 50 telas. Fue así como Guayasamín dejó la pobreza y comenzó a disfrutar de cierta prosperidad.

La segunda gran serie pictórica ideada por el genial ecuatoriano lleva por título La edad de la ira, y en sus primeros bocetos consta la fecha de 1952. Ante todo, el pintor pretendió una reflexión acerca de los muchos y simultáneos desastres que inauguraron el siglo xx. Una y otra vez, plasmó en estos lienzos la belicosidad del poderoso, el martirio de los inocentes, el llanto de las mujeres que pierden hijos y amores, y en suma, todos aquellos instantes donde anida esa verdad humana que es el dolor, situada más allá del ajedrez ideológico.

Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana desde 1971, Guayasamín quiso favorecer al pueblo llano con aquello que mejor podía liberarlo de sus ancestrales ataduras: el conocimiento. De tal propósito se deriva su intensa labor ilustrativa, culminada en octubre de 1974 con la inauguración del museo quiteño que lleva su nombre. A ello cabe sumar el legado patrimonial que encauzó desde 1976 a través de su Fundación, gracias a la cual Ecuador dispone de varios museos y entidades culturales.

Por lo que hace a los homenajes internacionales, basta con citar su nombramiento como miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1978. No fue ésta su única vinculación con España, un país que conoció en profundidad y en el cual dejó muestras de su arte tan soberbias como el mural que pintó en el madrileño Aeropuerto de Barajas, en 1982.

Cuando falleció en Estados Unidos el 10 de marzo de 1999, los admiradores de Guayasamín despidieron a este creador sobre las imágenes de su proyecto final, la serie que tituló La edad de la ternura, a través de la cual supo urdir una tesis del amor maternofilial. Aún por acabar, la Capilla del Hombre, calificada por la Unesco proyecto cultural prioritario para la humanidad, se alza no lejos de la Fundación, a modo de homenaje del artífice ecuatoriano a ese hombre latinoamericano que, a través de los siglos, viene exigiendo el alivio de la historia.

Oswaldo Guayasamín

Oswaldo Guayasamín.

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