La imponente cadena montañosa de los Andes, que atraviesa buena parte de América del Sur desde la Patagonia, tiene en Quito un paisaje único.
Aunque el cercano Pichincha ha sido siempre causa de temores, terremotos y erupciones periódicas, la belleza de este paisaje montañoso, coronado de cumbres nevadas contra un profundo cielo azul, se convierte aquí en la exaltación de la magnificencia de la naturaleza, de su poder y existencia inocultables.
La elevación que quizás tiene más historia en el casco urbano de Quito es la colina de El Panecillo, nombre dado por los españoles por la peculiar forma que tiene.
El Panecillo era llamado en la época precolombina Yavirac y en su cima se celebraba la fiesta del Sol o Inti Raymi, el 21 de junio de cada año.
La leyenda cuenta que allí Atahualpa hizo levantar un templo en oro puro, pero que por artes de un encantamiento, los españoles nunca lo encontraron a pesar de que se encuentra en sus entrañas «custodiado por caminos secretos, arañas ponzoñosas, alacranes gigantes, desfiladeros y trampas mortales, y también por cientos de vírgenes que nunca envejecen y por una anciana sabia que parece ser la madre de Atahualpa». Si el intruso encuentra la entrada, la anciana actuará según las respuestas del recién llegado.
Hoy en su cima está una gigantesca estatua en metal de más de 30 metros de altura de la Virgen de Quito, realizada por el escultor español Agustín de la Herrán Matorras en la década de los cincuenta.