En los límites de la catedral de Quito y siguiendo los usos religiosos de la más arraigada tradición española se construyó la iglesia de El Sagrario. Todo en ella conserva la impronta de lo tradicional y más profundamente español. Por otro lado, la devoción a la que fue dedicada, el sacramento de la Comunión, expresa el fundamento de fe en el seno de la religión católica.
Julio Pazos Barrera describe así este afamado templo: «La construcción lateral de la Catedral en relación con la plaza de la Independencia se debió a la presencia de una quebrada que impedía la disposición adecuada del edificio. En el siglo xvii, el arquitecto jesuita Marcos Guerra cubrió con arcos la quebrada. El arquitecto español José Jaime Ortiz levantó en ese espacio el templo de El Sagrario. La nave central remata con bóveda de cañón y las dos laterales se cierran con cúpulas pequeñas. En el crucero y sobre las pechinas se observa un tambor y sobre éste una media naranja con su linterna. Los interiores de estas estructuras presentan pinturas de ángeles y santos del pincel de Francisco Albán. La fachada del templo, de dos cuerpos, alterna el orden jónico en el primero y el corintio en el segundo. A cada lado de la calle central se observan conjuntos de tres altas columnas que dan un total de doce. Adornan el segundo cuerpo cuatro robustas esculturas en piedra».
Sin duda, hay tres elementos que dan importancia a El Sagrario dentro del arte colonial quiteño: la cúpula, las columnas de su fachada, adornadas con delicados relieves, y la mampara, situada delante de la nave principal.
A la hora de estudiar la mampara de El Sagrario, Pazos Barrera la define como una «fabulosa talla en madera de comienzos del siglo xviii. En ella las columnas han dejado paso a formas vegetales que culminan en caprichosos capiteles y cornisas. Reproduce, en la lado interior, los símbolos del altar mayor. Fue dorada y policromada por el escultor Bernardo de Legarda».
Durante siete años, de finales del siglo xvi a comienzos del xvii, la construcción de la mampara fue todo un alarde escultórico y arquitectónico, en el que se aunaron filigrana, luz y color. No se sabe a ciencia cierta quién la hizo, y aunque está en duda el nombre de su creador, se atribuye a creadores como Diego de Robles y Escorsa Escalante.
El arreglo y la decoración de la cúpula fueron encargados en 1742 a Bernardo de Legarda, quien cumplió este trabajo junto a un equipo de artistas y artesanos. Entre ellos destacan el pintor Francisco Albán y un grupo de doradores, encabezado por el maestro Cristóbal Gualoto y sus cinco oficiales.