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Quito

16. Iglesia de San Francisco

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La iglesia de San Francisco fue refundada por los españoles en honor del santo que lleva su nombre, y este monumental conjunto muestra hoy cuán grande era el poder franciscano en aquellas fechas. San Francisco en Quito nació para el arte y la evangelización. Ninguno de los dos elementos se puede separar del otro, y ambos motivos se hacen visibles en esta edificación.

Comenzó a construirse en 1573 y las influencias de los distintos mentores del conjunto están presentes. No obstante, cabe citar, como foco de interés, el modo en que se ciñe la creación a las normas dictadas en el Concilio de Trento: evangelizar no sólo con las prédicas, sino también con las imágenes y con las iglesias.

Durante medio siglo, el gran motor de la construcción de San Francisco fue un grupo de religiosos flamencos, arquitectos y artistas, encabezados por el dinámico primo del emperador Carlos V, fray Jodoco Ricke. El gran conjunto resultante es considerado la más excelsa muestra de la arquitectura colonial americana. De hecho, ciertas consejas refieren encargos incumplidos que el Diablo permitió completar a tiempo.

En un contexto ajeno al mito, Julio Pazos Barrera escribe que «en realidad se trata de un complejo monumental que contiene tres iglesias, algunos claustros y otros tantos patios. Para nivelar el suelo, el director de obras, Fray Jodoco Rique, natural de Flandes, levantó un atrio rectangular de 100 metros de largo, cerrado con pasamano y adornado con treinta esferas. En el centro se construyó una escalinata circular, mitad convexa y mitad cóncava, inspirada en un diseño de Bramante. Hacia el nivel de la plaza se abren 12 tiendas con pórticos coronados con tímpanos triangulares. Todo el atrio es de piedra andesita extraída de la cantera del volcán Pichincha».

Precisamente, las dobles gradas de su frontis, el largo corredor con pasamanos a lado y lado de la iglesia, al igual que las arcadas bajas, están pensados para solucionar las fuertes irregularidades del terreno en su ascenso hacia el Pichincha.

Entre 1551 y 1575 quedaron alzadas la iglesia, la fachada y el atrio. «Las dos airosas torres —señala Pazos Barrera— perdieron un cuerpo de altura por causa de un terremoto ocurrido en 1868. Los constructores fueron Jorge de la Cruz Mitima y su hijo Francisco Morocho, indios que conjugaron técnicas incas y españolas. Se dice que Felipe II comentaba que vería desde Madrid las torres del templo de San Francisco de Quito. La fachada es una mezcla de los órdenes griegos con volutas que anuncian el barroco, pirámides truncas coronadas con esferas, sillares almohadillados y otros en puntas de diamante. Se disimulan las columnas estructurales con franjas de piedra sin tallar. Mezcla, adiciones y supresiones de elementos muestran el sofisticado estilo manierista que Rique extrajo del tratado de arquitectura de Sebastián Serlio».

Influencias españolas e italianas, y el manierismo como acento, son algunas de las más acusadas en la fachada de San Francisco, expresando también proyectos de artistas que en ese momento tenían especial preponderancia en el ámbito europeo.

La capilla más solvente de esta iglesia —por los quinientos pesos de renta anual asignados por su promotor, el capitán español Rodrigo de Salazar— es la del Santísimo, una de las más importantes en el interior de San Francisco. Conocida desde mediados del siglo xvii con varios nombres: Capilla de Santa Marta, Capilla del Comulgatorio y por la cofradía de la Virgen del Pilar, la Capilla del Santísimo también está apoyada en la historia colonial que la vio nacer. Se dice que el capitán Salazar asesinó «alevosamente» a un hombre llamado Pedro de Puelles, del que «heredó su casa y su repartimiento de Otavalo». Casado con una mujer inca, tuvo dos hijos. Uno de ellos, Alonso, se hizo franciscano y por ello se cree que el capitán Salazar apoyó la construcción de esta capilla.

Paralela al presbiterio de la iglesia se encuentra la Capilla de Villacís. En noviembre de 1659 el comendador Francisco de Villacís firmó una escritura por medio de la cual los franciscanos le cedían un lugar en la antesala de la sacristía para construir una sepultura dedicada a él y a su esposa, y otra más para amigos y familiares. Gracias a dos haciendas, con las que respaldó el compromiso de construcción y mantenimiento de ambos lugares, en San Francisco levantó la capilla que lleva el nombre del comendador.

Conviene detenerse en el interior de San Francisco para apreciar en perspectiva y con lujo de detalles la monumental obra arquitectónica.

El interior de San Francisco

El interior de San Francisco está dispuesto en tres naves en forma de cruz latina. La nave central es elevada y, según se cree, los techos artesonados al estilo mudéjar son los primeros en el arte de la época. Alrededor de la nave central hay ocho retablos para igual número de altares.

El retablo del altar mayor es de cedro y tiene numerosas tallas, entre ellas algunas que son señaladas como la máxima expresión de la escultura quiteña. El coro esta formado por 81 sillas en cedro con tallas caprichosas y muy trabajadas, y numerosas pinturas de santos adornan los muros.

A juicio de los críticos de arte, «el interior barroco de San Francisco muestra el horror vacui llevado hasta sus últimas consecuencias». Sin duda, la imaginativa acumulación de detalles ornamentales viene a justificar esta idea. Basta con repasar las características del conjunto para entenderlo. La iglesia principal, de tres naves, mide 70 metros de largo desde la fachada hasta el testero de la sacristía. Pazos Barrera la describe del siguiente modo: «El presbiterio presenta un altar semicircular con espacios separados por columnas y adornados con frontones partidos. En los espacios figuran las esculturas de los apóstoles que miran hacia la calle central. En lo alto se ve el bautizo de Cristo, una escultura de Diego de Robles».

A media altura descansa la inigualable talla de la Virgen de Quito del famoso escultor Bernardo de Legarda. Sin duda, se trata del centro de atracción del retablo mayor y de la iglesia, cuya decoración esta realizada en hojilla de oro, llenando de luminosidad altares y arcos, retablos e imágenes.

«Delante del expositorio —prosigue Pazos Barrera— se ha colocado la escultura de Jesús del Gran Poder, de autor quiteño anónimo. Este retablo es de madera tallada y dorada. En los brazos del crucero se exhiben los ricos retablos dedicados a San Francisco y a San Antonio, obras del siglo xviii. A entrambos lados del presbiterio están las capillas de la Virgen del Pilar y la de Villacís, adiciones del siglo xviii y adornadas con retablos barrocos tallados y dorados. La capilla de Villacís es obra del arquitecto quiteño Antonio Rodríguez. El crucero y el coro alto conservan el artesonado mudéjar de maderas finas. La nave principal y el nártex ostentan artesonados barrocos, el del nártex muestra 18 lienzos que representan los episodios del Génesis. Las paredes interiores del templo tienen decorados en altorrelieve de mascarones, hojas y frutas americanas, todo dorado y policromado en rojo, azul y verde. En el coro alto, sobre los espaldares de los asientos se encuentran los santos franciscanos tallados por el padre Francisco Benítez».

Convento de San Francisco

Más de un siglo llevó la construcción del convento de San Francisco. La dinámica y sobresaliente figura de fray Jodoco Ricke vuelve a aparecer en esta construcción. En ella se edificaron cuatro claustros, todos con hermosas y variadas columnatas en piedra, en cal y canto o en ladrillo. En la construcción original había dos huertas amplias.

Todo el convento tenía seis pilas de agua. Para los trabajos del claustro principal, fray Jodoco empleó a dos indígenas a quienes recompensó con terrenos en las faldas del Pichincha, Jorge de la Cruz y su hijo Francisco Morocho. Después de fray Jodoco, otro fraile igualmente reconocido por sus dotes artísticas siguió las construcciones: fray Francisco Benítez.

Según refiere Julio Pazos Barrera, al costado norte del templo principal se encuentra el claustro de estilo renacentista, que presenta «arquería inferior de medio punto sobre cincuenta y dos columnas dóricas, mientras que la galería superior tiene el mismo número de columnas, pero rematadas con arcos escarzanos. En el centro del cuadro se levanta una pileta de ocho lados. En los ángulos se han instalado retablos dorados, debajo de correspondientes artesonados; éstos muestran el sincretismo de la religión solar con el cristianismo. Es obra del padre Francisco Benítez y data de los primeros años del siglo xvii».

Originalmente, el citado claustro tenía en sus muros 54 lienzos de pintura romana sobre la vida de San Francisco, ornados con pedestales, columnas y cornisas doradas. Diversos especialistas han resaltado que las columnas dóricas del claustro son la primera y más refinada expresión del espíritu renacentista que inspiraba la arquitectura quiteña del siglo xvi.

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