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Quito

13. Iglesia de las Madres de San Diego

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«Esta recoleta —escribe Julio Pazos— fue construida por iniciativa del padre franciscano Bartolomé Rubio. Presenta una iglesia, dos claustros y algunos patios. La portada de la iglesia es manierista. Un gran arco y una espadaña completan la fachada. La única nave se cierra con una bóveda y a la altura del presbiterio con un artesonado mudéjar. El magnífico púlpito, de estilo barroco, es obra de Juan Bautista Menacho. La estructura de la sacristía combina dos pilares de piedra sobre los que descansan formidables vigas de madera sin labrar. En esta sacristía se muestra un Cristo del tamaño de un hombre».

Todo en la recoleta es sencillo, pero de un sentimiento místico y espiritual que sobrecoge. Esta línea queda expresada en su portada, cuya sencillez de líneas, un tanto arcaica y ajena a la efusión decorativa propia del barroco, define con claridad el tono que condicionó su ejecución. Lo mismo cabe decir del magnífico púlpito, ejemplar entre los de su clase.

La escritura de cesión de los terrenos donde se levantó San Diego data de 1598. Con el paso del tiempo, el donante inicial, Marcos de Plaza, y su esposa, Beatriz de Cepeda, fueron entregando más terrenos hasta completar el conjunto de la iglesia y el convento. Para el abastecimiento de agua, el Cabildo cedió a la recoleta parte del caudal que afluía desde el Pichincha por la propiedad del inca Auqui Atabalipa.

Aparte de los ornamentos de la sacristía y los retablos piadosos del templo, cabe resaltar las pinturas de la Pasión y los misterios de la Virgen que embellecen la solemnidad de los claustros.

La sencillez de la Capilla de las Madres de San Diego se mantiene en el claustro. A grandes rasgos, éste se compone de una sola galería de arcos alzados sobre pilares octogonales y de un cuerpo superior de ventanas. Uno de los lados de este cuerpo presenta una peculiar decoración de molduras rectangulares y ovaladas.

Hacia finales del siglo xvi, después del inicio de las grandes construcciones religiosas quiteñas y cuando algunas de ellas eran ya parte característica del paisaje ciudadano, las recoletas completaron los límites urbanísticos de la ciudad. Entre ellas, destaca la de las Madres de San Diego.

Al estar condicionada la arquitectura por un terreno abrupto, montañoso y poblado de cerros, las construcciones debían amoldarse a los inevitables desniveles. Tal es el caso del conjunto de la iglesia y el claustro de las Madres de San Diego. De hecho, en las obras que hablan del urbanismo quiteño en el siglo xvi se dice que desde San Diego se podía ver entonces un panorama de Quito. Cabe imaginar la vista del siguiente modo: sobresalían en el centro de la incipiente ciudad las estructuras gigantescas de La Merced, San Francisco y la Catedral. Obviamente, también era posible contemplar la iglesia y demás dependencias de Santo Domingo, si bien aún estaban en plena construcción.

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