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Quito

10. Iglesia de la Compañía

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En constante restauración después del grave incendio que sufriera hace algunos años, la iglesia de la Compañía (de Jesús) de Quito, sigue mostrando hoy la fachada más famosa de todas las iglesias de la capital ecuatoriana. Construida en el siglo xviii, la fachada de la iglesia de la Compañía en Quito resume los estilos, las formas, el trabajo artístico y arquitectónico quiteño de los dos siglos transcurridos desde el inicio de la Colonia.

Los jesuitas habían llegado a Quito el 1 de julio de 1586. Los trabajos de construcción de la Compañía comenzaron a mediados de 1605.

Según los datos disponibles, el conjunto original de la Compañía tenía, en el espacio de una manzana, el templo, la dirección de las cofradías, el colegio con sus respectivas aulas y residencias, la Universidad de San Gregorio con sus cátedras, la biblioteca y un salón de actos.

Por lo demás, la fachada jesuítica está considerada una de las obras maestras de la arquitectura barroca en América del Sur. El rico labrado en piedra y los diferentes motivos y estilos reunidos en ella evidencian su larga y compleja ejecución. Y es que, a lo largo de más de un siglo, el proyecto convocó a creadores de diversa procedencia geográfica.

Julio Pazos Barrera resume tan extenso proceso:

«En 1605 se inició la construcción del templo. Desde 1636, el arquitecto italiano Marcos Guerra, hermano jesuita, prosiguió con la construcción de las tres naves. Diseñó cupulines con linternas para las naves laterales, la bóveda de cañón para la nave central, la media naranja para el crucero, la cúpula de la capilla mayor y la bóveda de la sacristía. Marcos Guerra introdujo el sistema de bóvedas en la arquitectura quiteña. El interior del templo se encuentra adornado con lacería de yeso de estilo árabe, aplicaciones geométricas recubiertas con polvo de oro. El retablo mayor —diseñado por el hermano austríaco Jorge Vinterer— las tribunas laterales, los altares de San Ignacio y de San Francisco Xavier, los retablos de las naves, el púlpito y la mampara, son tallas barrocas íntegramente estofadas con pan de oro. En los pilares se muestran las pinturas de los profetas del artista Nicolás de Goríbar. En la sacristía sobresale una pintura de San Ignacio de Hernando de la Cruz. En las enjutas de los arcos de la nave central se desarrollan las historias de Sansón y de José del Antiguo Testamento, en madera tallada y policromada —estos relieves son las únicas manifestaciones de arte mestizo que aparece en la iglesia jesuita—. La planta de este templo reproduce la de la iglesia del Jesú de Roma».

Tan esplendoroso interior es descrito por el hermano Mercado con las siguientes palabras: «el templo es alegre por lo claro, rico por lo adornado, excelente por lo artificioso». Obviamente, a las virtudes artísticas de este singular espacio hemos de sumar la espléndida fachada, construida entre 1722 y 1725. «El primer cuerpo —señala Pazos Barrera— es un diseño del sacerdote alemán Leonardo Deubleur; el segundo, del hermano italiano Venancio Gandolfi».

«La traza total de la fachada obedece a dimensiones simétricas exactas, pero las seis columnas salomónicas que en grupos de tres exornan la puerta principal le dan un movimiento ascendente, sobre todo porque sus espirales son contrapuestas. Aumentan el dinamismo el arco de la puerta principal, una cornisa en forma de arco y los frontones curvos y partidos del cuerpo superior. Finas filigranas talladas en la piedra completan el estilo barroco. Las esculturas de la Inmaculada, de los bustos de San Pedro y San Pablo y de seis santos jesuitas manifiestan la historia de la Iglesia Católica, el paradigma español de la Inmaculada y la historia de la Compañía de Jesús».

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