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Quito

7. Catedral de Quito

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Otro edificio indispensable en una ciudad española era la catedral, una de las primeras construcciones en levantarse aquí durante el siglo xvi en los mismos comienzos de la Colonia.

En sus inicios fue de adobe y madera; más tarde se hizo más fuerte y maciza, con un estilo que se ha señalado como gótico-mudéjar, que se deja ver ya en su fachada. Situada, claro está, como edificio principal en la Plaza Grande, uno de sus atractivos exteriores para muchos entendidos está en el pretil que da sobre esta plaza y en la simetría de las piedras del arco o templete de Carondelet.

Pero la desigual topografía sobre la que se asienta la ciudad ya muestra aquí su injerencia y determinación.

Los especialistas señalan cómo el atrio corredizo no sólo fue una solución para ese difícil terreno, sino que ayudó en los planes evangelizadores de los primeros misioneros para reunir a la feligresía antes de entrar al templo.

Por otro lado, la catedral que hoy conocemos es el resultado de diversas aportaciones a lo largo del tiempo. Julio Pazos Barrera detalla esta evolución de su trazado:

«Los cimientos y una parte de los muros son construcciones del siglo xvi. El plano general muestra tres naves separadas por pilares y arcos apuntados.

Hacia el lado sur se abren algunas capillas. El lado norte es una sola pared. La puerta principal no da a la plaza de la Independencia. Sin embargo un amplio atrio y un domo con una escalinata circular comunican la puerta lateral del edificio con la plaza. Junto a la puerta principal se levanta un voluminoso campanario, que culmina en una curiosa ornamentación edificada en el siglo xx».

Es evidente que toda la distribución del edificio está concebida según las irregularidades del terreno. De hecho, la mayor parte de los materiales vienen de las canteras del cercano Pichincha.

La gradería en abanico y las puertas completan un conjunto arquitectónico que luego, en su interior, indica ya la riqueza y belleza de un estilo que quedó inscrito en el arte religioso del mundo.

Interior de la catedral de Quito

La catedral de Quito fue asignada desde sus comienzos al obispo de la ciudad. Con ello se le daba aún más importancia a la que de por sí tenía, pues poseía el apelativo más sobresaliente dentro de los templos de la población. Estas condiciones especiales hicieron que pronto su interior se viera cubierto por obras maestras de los artesanos, escultores, pintores e imagineros locales.

Dentro de sus tres naves, la central es más amplia. Sin duda, en su interior se evidencian los resultados de ese mestizaje que, aunque obligado, había comenzado a cuajar en expresiones artísticas que engrandecieron la ciudad y le dieron prestigio universal.

El artesonado de madera de cedro de sus techos recuerda la riqueza del conjunto. Los retablos con sus tallas, las pinturas murales y otros ornamentos de indudable belleza configuran un entorno rico y sugestivo. Julio Pazos Barrera lo describe con las siguientes palabras: «el coro bajo es semicircular y en su parte inferior se han adosado asientos tallados y dorados que los ocupan los miembros del cabildo diocesano. El púlpito y los retablos de las capillas son barrocos. Guarda la catedral frescos de Bernardo Rodríguez y Manuel Samaniego. La gran pintura de la Asunción de la Virgen, ubicada en la parte alta del coro, es obra de Samaniego, y en un altar del trascoro se exhibe la singular escultura de la Sábana Santa de Caspicara».

A estas piezas, obra de los artistas más connotados del arte quiteño, cabe sumar aquella que realizó el padre Carlos, La negación de San Pedro. Sin duda, en esta y en las demás creaciones citadas se pone de manifiesto el alto grado de sofisticación y belleza que había alcanzado el arte quiteño, resaltando las cualidades de sus grandes maestros y el nivel artístico insuperable a que habían llegado las artes plásticas en Quito.

Del mismo modo, destaca la riqueza artística de las capillas de la catedral con sus respectivos altares.

Capillas de la catedral

La propagación de la fe católica, el pago de limosnas y expiaciones a través de regalos religiosos, las donaciones como reconocimiento de promesas y la devoción profunda —sobre todo a la Virgen María y a Cristo Crucificado— hicieron aparecer numerosas capillas en todos los templos quiteños.

Según fuera la devoción que se venerara en una iglesia, había capillas alusivas en las naves laterales o adosadas al templo principal. En este contexto, conviene destacar a los artistas que, según sus afectos religiosos, dedicaban parte de su obra y de sus bienes a su santo preferido. Todo ello, sumado a los encargos que recibían en el mismo sentido, aumentaba la importancia de las capillas.

La aparición de las cofradías devotas artesanales —de clase o de profesión— y el surgimiento de los benefactores permitieron que esas capillas se enriquecieran y crecieran en número. De hecho, sus promotores las costeaban, aun con sumas fijas, a lo largo de muchos años.

Además, se hizo muy común entre las familias principales del lugar, o entre los más destacados personajes de un oficio, que sus tumbas estuvieran en los templos más importantes de las ciudades, en las capillas de sus cofradías, o en las iglesias de su devoción, con reconocimiento de gastos por ello. Es así como la catedral de Quito cuenta con dos capillas: el Altar de las Almas y la de Santa Ana, dedicada esta última a la madre de la Virgen.

El prócer más importante de la independencia ecuatoriana, el mariscal Antonio José de Sucre, está sepultado aquí en una tumba que ocupa uno de los costados centrales de la catedral.

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