Quito está muy cerca de la latitud 0 y está a 2.800 metros sobre el nivel del mar, en lo alto de la cordillera andina, por lo que la luz del amanecer la cubre con tonos rosa y verdeagua. Al mediodía, con el ritmo de los meses del año, el amarillo brillante estalla en los altos paredones y en las robustas torres, y, cuando declina la tarde, aparecen el oro viejo en los tejados, los listones rojos y violetas en las fachadas y los resplandores que se multiplican en los barrios arracimados en declives y colinas.
No encontraron los españoles en estas inmediaciones ni oro ni plata. Sin embargo, asombrados por el paisaje y atraídos por la bondad del clima, fundaron la ciudad en una meseta que no es el alto páramo, ni la hoya más baja que forman los ramales de la cordillera andina. La fundaron al pie del volcán Pichincha y en un escabel del llamado Callejón de los Volcanes. Es cierto que ya los incas construyeron en el lugar, motivados tal vez por el tianguez, o por los equinoccios los incas, una cultura astronómica, pero la ciudad que hoy nos deslumbra se inició con los españoles que llegaron junto a Sebastián de Belalcázar. Comenzó con 204 individuos, entre ellos dos negros y un griego. Ninguna mujer. Y este último dato, más el de los negros y el griego, no tiene por fin sino el de arribar al mestizaje.
Los vecinos no esperaron a las mujeres españolas, que fueron muy pocas cuando llegaron. Ellos procrearon una población mestiza, que, poco a poco, vino a ser la mayoría. Durante el periodo colonial y hasta el xix republicano, esta ciudad fue un conjunto de indios, algunos mulatos, muchos mestizos, orgullosos criollos y pocos españoles. En ese orden, todo lo hicieron los indios y los mestizos: fastuosos templos, formidables claustros y casas particulares que, discretamente, reprodujeron columnas y pilares de los claustros.
La actual ciudad de Quito es el centro histórico y por sus tres lados norte, sur y oriente una moderna sucesión de barrios que combinan cristal y cemento. El centro histórico famoso intercala las visiones de la arquitectura con el ajetreo de vendedores ambulantes y burócratas; es una especie de museo vivo.
Sorprende encontrar en el Quito viejo una barahúnda compuesta de turistas rubios que portan cámaras fotográficas, viseras y gafas, y de vendedores ambulantes que ofrecen palo santo, telas bordadas, dulces tradicionales, corbatas y pócimas mágicas. Los transeúntes se desplazan, parsimoniosos o veloces, en los anchos atrios, debajo de los arcos y delante de refinadas puertas manieristas y fachadas barrocas.
Hasta el primer cuarto del siglo xx, la ciudad fue un pináculo entre las nubes. El ferrocarril que llegó del ardiente litoral, la aviación, la vía Panamericana, los efluvios del dinero que ingresó por la exportación del banano Ecuador fue el primer exportador mundial de banano en los años de la segunda postguerra, desbordaron la ciudad y la convirtieron en metrópoli. Más todavía: a partir de 1972, con el auge petrolero, las grandes avenidas y las autopistas se propagaron, y con ellas crecieron los edificios y los parques. A la Alameda y el Ejido se sumaron el parque de La Carolina y el fabuloso Parque Metropolitano, paraíso para los amigos de la naturaleza, donde se dan cita, sobre todo, los colibríes. Entre las variedades de estas aves sobresalen el mínimo colibrí mosca y el elegante colibrí de cola bifurcada.
Los visitantes suelen destinar una mañana para ir al monumento de la Mitad del Mundo. Allí ponen un pie en el hemisferio norte y otro en el hemisferio sur, posan un instante y se llevan el recuerdo de un acontecimiento que los acercó al sol y las estrellas.