Los cálculos históricos más escuetos señalan que a la llegada de los españoles la hoya de Quito tenía en los cuatro valles que la conforman cerca de cien mil indígenas; pero Quito tal vez contaba con cinco mil almas.
A la sucesiva llegada de aborígenes del Perú, traídos por el incanato, se agregaban los pueblos autóctonos sometidos por el señor del Cusco. Sin embargo, las crónicas señalan que la estrategia de tierra arrasada practicada por el general imperial inca Rumiñahui, al arribo de los conquistadores españoles, dejó a su paso a «…300 pallas, ñustas y Vírgenes del Sol (…) y exterminó (…) a más de 4.000 indios pillaxos, zámbizas y collaguazos». Asimismo, el propio Rumiñahui tuvo enormes bajas en los enfrentamientos con los españoles.
A todo lo anterior se añade la despoblación producida por efectos de la conquista, las epidemias y pestes dentro de la población indígena. No obstante, hoy el Ecuador es uno de los países americanos con mayor población aborigen y en su capital se encuentra junto con los descendientes de europeos y la población mestiza ecuatoriana.
Andina, alta, vigilada por espléndidas montañas, elevados nevados, impredecibles volcanes, Quito conoció desde épocas inmemoriales la integración a una naturaleza difícil, pero espectacular, lo mismo que a una historia atravesada por el esplendor y la asimilación a nuevas y forzosas circunstancias.
Los antiguos quitus, nombre de los pobladores originales del área donde hoy se levanta, habían tenido que doblegarse a la llegada inca, y éstos, 150 años después de su conquista, tuvieron a su vez que someterse al arribo europeo. En el siglo xiv d.C., Quito había sido conquistada por los soberanos del Cusco. Allí nació Atahualpa, quien después de una sangrienta guerra civil con su hermanastro Huáscar, nombró a Quito capital de su imperio. Sin embargo, un doble choque la dejó arrasada cuando la derrota incaica a manos españolas hace que el general imperial inca, Rumiñahui, la incendie, y sobre sus cenizas se comience a edificar la ciudad de los nuevos conquistadores.
Así, en 1534, nace la ciudad que varios especialistas señalan como «de Atahualpa, el último inca, y de Belalcázar, el primer español en conquistarla». Arranca entonces el forzoso mestizaje que militares, misioneros y monjas iniciaron y que duró con ímpetu los 300 años de la Real Audiencia de Quito.
De la fuerza de las circunstancias y del talento de sus gentes surge la ciudad llamada entre otros nombres «Belén» (pesebre navideño), «Luz de América», «capital del mejor arte mestizo», «capital de las nubes», o Patrimonio de la Humanidad, por la UNESCO en 1978. Precisamente el Centro Asociado del Instituto Cervantes en Quito, el primero de esta naturaleza en Latinoamérica, festeja los veinticinco años de esta declaración.