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Quito

Pintores y escultores (1 de 2)

Célebres son los artistas quiteños de la escultura en madera. Las refinadas técnicas españolas del estofado, esgrafiado, brocateado y estofado a la chinesca alcanzan su máximo esplendor. Son inconfundibles los rojos, azules y verdes metálicos de los ropajes de la escultura religiosa. Cosa igual ocurre con el encarnado brillante de rostros, manos y cuerpos. Por los tonos de estos encarnados, los expertos pueden identificar la autoría de las obras, que casi en su totalidad no se firmaron.

En sus talleres, el Padre Carlos, Pampite, Bernardo de Legarda y Caspicara produjeron gran cantidad de obras. De Bernardo de Legarda es famosa su Inmaculada Concepción, conocida como la Virgen de Quito. Firmó el artista su escultura y añadió el año en que la hizo, 1734. La talla se encuentra en el altar mayor de San Francisco. Presenta una bellísima aureola de plata, un par de alas de plata, el brazo derecho levantado y el izquierdo recogido a la altura del pecho, un pie en el aire y otro sobre la cabeza del dragón, de modo que parece que danzara. La túnica blanca cubierta con flores de colores y el manto azul, suelto al aire, cubierto con estrellas plateadas. El encarnado brillante de tonalidad rosa en las mejillas y en las delicadas manos. Esta es la Virgen de Legarda, que dio lugar a muchas reproducciones.

El artista labró otras esculturas, pero completan su versatilidad los fulgurantes retablos mayores de la iglesia mercedaria, del Carmen Moderno, de la iglesia del Hospital, de Cantuña, de la capilla de la Virgen del Rosario, además de la mampara de El Sagrario. En todas estas obras introdujo la representación de la Trinidad y coronó los nichos con arcos, conchas y cornisas curvas. El barroco de Legarda se concentra en formas y colores dirigidos al disfrute de los sentidos. Murió el 31 de mayo de 1773.

Caspicara, apodo de Manuel Chili, debió de conocer en su juventud a Legarda, de modo que, en términos artísticos, fue su sucesor. No se conocen los datos de su nacimiento ni de su fallecimiento. No firmó sus obras. Se le atribuyen algunas, ya sea por tradición o por los estudios comparativos. Entre ellas, figuran la Sábana Santa de la Catedral, la Asunción de la Virgen del templo franciscano, la Impresión de las Llagas en Cantuña, la Virgen del Carmen del museo franciscano, el Cristo de El Belén, el Cristo yacente y la Virgen de la Luz del Museo del Banco Central del Ecuador. Sus esculturas se caracterizan por representar la anatomía con la norma aúrea y por un singular encarnado. Su Cristo resurrecto, escultura de pequeño tamaño, culminación de su arte, fue sustraído del Museo de Arte Colonial y no se lo ha recuperado hasta la fecha.

Se conocen pinturas del padre Pedro Bedón y de Andrés Sánchez Gallque, artistas quiteños que se encontraban en plena producción en 1600. En la primera mitad del siglo xvii sobresale el nombre del hermano panameño Hernando de la Cruz, y cabe citar asimismo a Matheo Mexía. Luego aparece Miguel de Santiago, cuya abundante producción despertó el asombro de propios y extraños. De hecho, sus pinturas fueron solicitadas en los países vecinos. A través de sus obras puede deducirse que conoció a profundidad los contenidos de la religión, materia principal en el reino de España durante la segunda mitad del siglo xvii. Un breve recuento de su trabajo mostraría que desarrolló temas en series: La vida de San Agustín (Claustro de San Agustín); La doctrina cristiana (Museo de San Francisco; esta serie interpreta el tema de modo muy original, como el crítico español Santiago Sebastián19 ha señalado); El alabado (una serie se encuentra en la iglesia de San Francisco de Bogotá y otra en el monasterio de las Capuchinas en Santiago de Chile);20 Los artículos del Credo (Museo Metropolitano de Bogotá); Los milagros de la Virgen de Guápulo (Sacristía de la iglesia de Guápulo); la Inmaculada Concepción (en esta serie, Miguel de Santiago insertó su original interpretación de la Inmaculada Eucarística), y las Estaciones del año (Museo de Arte Colonial de Quito).

  • (19) Santiago Sebastián, Contrarreforma y Barroco. Lecturas iconográficas e Iconológicas, Madrid, Alianza Editorial, 1981, p. 146. volver
  • (20) Alexandra Kennedy Troya, «Circuitos artísticos interregionales de Quito a Chile. Siglos xviii y xix» en Historia, vol. 31, Santiago de Chile, Universidad Católica de Chile, 1998, p. 96. volver
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