Como difusor de la doctrina positivista de Augusto Comte, este filósofo y político angelopolitano ocupa una plaza de privilegio dentro de la intelectualidad de México. Su trayectoria, como ha de comprobar el lector, gana nuestra más sincera aprobación, pues de un modo cauto y sincero se recrea en las amplitudes de la inteligencia. En el orden de los afectos, no es baladí que Barreda fuese natural de Puebla: allí nació en 1820 y también cultivó en el mismo paisaje los pequeños placeres de la infancia. Con el deseo de satisfacer su interés científico, ingresó en la Escuela de Medicina en 1843. La guerra con el gran vecino del norte interrumpió esa trayectoria profesional sólo en parte, pues don Gabino participó en el conflicto como soldado y asimismo como cirujano de campaña.
En contraste con ese trance, Barreda viajó a París para obtener un nuevo lustre académico. En esa ciudad conoció a quien habría de ser su maestro, el filósofo Comte, cuya idea del positivismo atrajo sobremanera al médico mexicano. En 1851 volvió a su tierra y logró acceder a la cátedra de Filosofía Médica en la Escuela de Medicina. Posteriormente, desempeñó esa misma responsabilidad docente e investigadora en el departamento de Historia Natural.
En un proceso pionero en la Universidad de su país, llegó incluso a ser catedrático de Patología General. No obstante, uno de los retos a los cuales se enfrentó fue introducir el criterio positivista en la educación del alumnado. Preocupándose por el mismo material humano, encauzó el proyecto pedagógico de la Escuela Nacional Preparatoria, cuya dirección le correspondió hasta 1878.
A estos intereses como galeno y pensador hay que añadir una actividad política nada desdeñable. Por situar un ejemplo: en el marco de la Cámara Legislativa participó en tareas institucionales tan sobresalientes como la Conferencia Internacional de Correos que se organizó en París en 1878. Pero es en sus escritos, dispersos en colecciones de revistas como la Gaceta de Medicina de México, donde el genio de Barreda se mueve con mayor brío. A su muerte, ocurrida en México en 1881, un buen número de intelectuales podían reconocerse en el legado de este maestro.
Gabino Barreda.