Prescindiendo de avistamientos particulares, podemos caracterizar a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla como una de las instituciones culturales más importantes de México. Su historia, rica en matices, aporta detalles relacionados con la intelectualidad y coincide con la introducción de la vida monástica en Angelópolis y asimismo con el declive del estamento religioso. De ahí que podamos simbolizar la antigua identidad poblana mediante ese competente refuerzo de profesores y obispos.
Consta en las crónicas que en 1575 proyectó las trazas de la casa de estudios el hermano Juan Gómez. Poco después, el 14 de abril de 1578, el Cabildo, atento a las necesidades de la población, permitió al provincial de los jesuitas que fundara este nuevo centro educativo, de acuerdo con ese afán aspirante a la excelencia que caracterizaba a su orden. Con el patrocinio del capitán Melchor de Covarrubias, a la sazón alcalde, el 15 de abril de 1587 abrió sus puertas el Colegio del Espíritu Santo, cuyo rector primero fue Diego López de Mesa. Entre otros prohombres, se ve que acá estudió Carlos de Sigüenza y Góngora y cumplieron sus propósitos (académicos, eruditos o puramente especulativos) personajes de la talla de Antonio del Rincón, Diego José Abad, Francisco Javier Alegre, Francisco Javier Clavijero, Francisco Javier Solchaga, José Agustín de Castro y José Rafael Campoy. Así lo hace notar hoy la propia Universidad, de cuya presentación institucional, accesible por vía electrónica, obtenemos el detalle de nuestro recorrido.
Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, las instalaciones colegiales albergaron a una tropa militar. No obstante, y a pesar de la humillación, a trancas y barrancas siguieron funcionando los colegios de San Jerónimo y de San Ignacio, luego unificados en 1790 por el obispo Francisco Fabián y Fuero. Fruto de esta práctica decisión fue el Real Colegio Carolino, cuyo funcionamiento académico se prolongó hasta 1820. Ese año, como es sabido, retornaron los jesuitas y el 2 de octubre de 1820 comenzó el curso estudiantil bajo un nuevo rótulo: el de Real Colegio del Espíritu Santo, de San Jerónimo y San Ignacio de La Compañía de Jesús. Pese a su longitud, este nombre le cuadra mal al nuevo trayecto de la institución, dado que el 22 de diciembre de ese mismo año la orden ignaciana era nuevamente expulsada.
Luego de triunfar la independencia, fueron nuevamente autorizadas las actividades del centro universitario, ahora llamado Imperial Colegio de San Ignacio, San Jerónimo y Espíritu Santo. Claro que también concluyó infelizmente el proyecto, y ello propició nuevas enmiendas en la estructura colegial. A partir de 1825 el Colegio del Espíritu Santo pasó a identificarse como Colegio del Estado. Por desgracia, según la fuente antes mencionada, en torno a 1833 la crisis atenazó a esta institución. Con todo, en 1843 recorrían sus aulas 233 alumnos matriculados. Esta vez pasaron a denominarlo Colegio Nacional.
Se avino luego el centro a los dictámenes de una política liberal, gracias a la iniciativa de figuras como Ignacio Ramírez «El Nigromante», Guillermo Prieto e Ignacio Manuel Altamirano. Los estudiosos refieren anécdotas en torno a la simpatía que despertó la causa maderista entre el alumnado, lo cual podría relacionarse con el cierre impuesto el 24 de julio de 1919. Posteriormente, cumpliendo el deseo del general Maximino Ávila Camacho, fue acá instituida la Universidad de Puebla el 4 de abril de 1937. Una cosa es cierta: no escasearon las protestas estudiantiles ante el cariz que fueron tomando las decisiones gubernamentales. Tras diversas iniciativas, el 23 de noviembre de 1956 se hizo pública la Ley Orgánica de la Universidad Autónoma de Puebla, y el 2 de abril de 1987 ésta fue declarada Benemérita. De otra parte, no sólo despierta respeto la trayectoria académica de la Universidad, sino el propio edificio universitario, entre cuyos máximos atractivos figura el Salón barroco, donde antiguamente funcionaba la Capilla de San José. En el salón hallamos cuatro corredores, el Aula Mayor o paraninfo, magníficos patios y otra de las aulas, instalada en lo que antaño fueron capilla y sacristía. Aparte de una decoración profusa, afín al sentir barroco, son de admirar las sillas del Antiguo Colegio de San Pantaleón y el maravilloso retablo, así como los cuadros que iluminan las paredes, en su mayoría de asunto religioso.