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Puebla de los Ángeles

14. Templo de San Jerónimo

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Hay un documento de enorme interés para conocer los ambientes de Angelópolis durante el siglo xviii. Lo firma Miguel de Alcalá y Mendiola, y aunque su talento de escritor es, por lo demás, discutible, este personaje logra definir, entre otras prolijidades, el ideal de la vida contemplativa en la Puebla novohispana. Consigue don Miguel este efecto por medio de una serie de instituciones eclesiásticas, sobre las que nos da muy certeras noticias. No es una excepción el recinto de San Jerónimo. Según refiere Alcalá en dicha crónica, antes de abrir sus puertas, el monasterio fue Colegio de Niñas Vírgenes de Jesús María, «siendo fundador de uno y otro el capitán Juan García Barranco, nombrando después de sus días por patronos a los señores obispos de esta diócesis, quien haciendo muy buenos partidos a pobres vecinos en que sus hijas fuesen colegialas o monjas de este convento, supliendo dineros, solicitando su entrada, siendo por la mayor parte de todas las señoras que entraban gente muy ilustre y principal, de suerte que muchos caballeros de esta república pedían para esposas a las señoras colegialas, acertándose muchos y muy iguales casamientos» (Descripción en bosquejo de la imperial cesárea muy noble y muy leal ciudad de Puebla de los Ángeles, estudio introductorio de Ramón Sánchez Flores, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Dirección General de Fomento Editorial, 1997, p. 136).

Claro que hoy es difícil evocar ese tipo de arreglos matrimoniales, más aún cuando el Colegio de Jesús María es ya una ruina, apenas un rastro de la antigua edificación. Por fortuna, el perímetro quedó ampliado para acoger el Convento de San Jerónimo. Sin duda, esto supuso más que un rejuvenecimiento. Conforme a los principios de su regla, desde 1597 lo habitaron cuatro religiosas, dos de ellas procedentes del Monasterio Capitalino de San Lorenzo. Esta vena se prolongó, y cuando la iglesia fue dedicada en 1635, el número de monjas y novicias era, lógicamente, muy superior.

En lo referente a sus hechuras, debemos repetir acá los ingredientes más famosos del exterior del templo: las portadas (1629), con esos vistosos mascarones de argamasa en el ángulo de cada contrafuerte; la cúpula, cuyos paños quedan limitados mediante las típicas fajas de azulejos; y el campanario, donde aparecen esas columnas estípites que ya hemos glosado en otros rincones de esta muestra. Una vez en el interior, sobrecoge al visitante la grandeza de los coros y el neoclasicismo que impregna cada uno de los espacios. A modo de curiosidad, llama la atención el abanico del coro alto, tan hábilmente decorado. Por lo demás, este ambiente de recogimiento, solemne y fructífero para las ideas, es idóneo para quienes visiten el archivo catedralicio, custodiado desde hace tiempo en este recinto.

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