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Puebla de los Ángeles

24. Templo de Santo Domingo

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Con oportuna sensibilidad, el primer obispo de la diócesis de Tlaxcala, fray Julián Garcés, quiso que también entre los fieles poblanos desempeñasen su labor los dominicos. Gracias a esa disposición del eclesiástico, en torno al año 1534 arribaron a Puebla los monjes de la orden de Santo Domingo, y de inmediato determinaron sus prioridades. Como en otros casos parecidos, urgía el diseño de un recinto arquitectónico que respondiese a estas últimas con la eficacia debida. Y así fue como en 1571, bajo las órdenes del arquitecto Francisco Becerra, los albañiles comenzaron la edificación del convento, cuya estructura alberga dos hermosas capillas que dan al atrio: la de los Mixtecos y la de la Tercera Orden. Aclaremos, ante su entrada, que la Venerable Orden Tercera aún coloca su distintivo en hospitales y centros de beneficencia de otros confines del mundo hispanohablante. «Después de los de la observancia de San Francisco —escribió hacia 1746 Miguel de Alcalá y Mendiola—, el año de mil quinientos y cuarenta y nueve fundaron conventos los religiosos del orden de predicadores de Santo Domingo, que hoy es cabeza de provincia intitulada San Miguel, y los Santos Ángeles, dio el sitio la ciudad que consta de una cuadra entera y antes de dividirse las dos provincias, ésta y la de la Ciudad de México, que fue el año de mil seiscientos y sesenta y uno, llegó a extremo de algunas necesidades pero recurrieron a su amparo dos nuevos patronos que fueron el señor doctor don Francisco Gallegos Osorio, deán que fue de esta Santa Iglesia Catedral, y el regidor Juan de Narváez, aplicando de su caudal y haciendas lo más que pudieron a que no descaeciese» (Descripción en bosquejo de la imperial cesárea muy noble y muy leal ciudad de Puebla de los Ángeles, estudio introductorio de Ramón Sánchez Flores, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Dirección General de Fomento Editorial, 1997, p. 128).

El conjunto histórico monumental de Santo Domingo ofrece bellezas inigualables, como el magnífico atrio, la portada de aire herreriano, el retablo que se alza en el ábside y la antigua portería. En el interior, deben buscarse los signos de mayor vitalidad artística en la muy policromada y barroca Capilla del Rosario, diseñada durante la segunda mitad del siglo xvii. Las texturas más delicadas de la ornamentación novohispana pueden hallarse en este rincón, donde el talento de sus creadores alcanza la más alta medida de la belleza. Según citan las crónicas, la realización de este espacio comenzó en 1650, gracias a la iniciativa de fray Juan de Cuenca. Dada la magnitud de la obra, y siendo la primera condición del arte religioso la paciencia, hubieron de tomarle el relevo fray Agustín Hernández y fray Diego de Gorozpe. Para goce de piadosos y visitantes, quedó al fin dispuesta la capilla el 16 de abril de 1690, bajo una cúpula de soberbio acabado.

La comunidad del templo de Santo Domingo, según lo recuerda Santiago Sebastián López, pensó dedicar esta capilla excepcional a una de las devociones predilectas de los angelopolitanos, la Virgen del Rosario. Una vez completada, esta obra causó tal impresión que «fue calificada como la Octava Maravilla del Mundo». No se comprende tal prodigio sin un fuerte impulso de la devoción al Santo Rosario en el virreinato desde finales del siglo xvi. De hecho, «se cree que en 1538 se fundó ya una cofradía, y de 1570 es la famosa estampa del grabador francés Juan Ortiz, que fue procesado por la Inquisición por el sentido herético que dio a los versos que puso en la estampa. Fray Jerónimo Taix publicó en 1576 un librito sobre el modo de rezar el rosario, ilustrado con una estampa de la Virgen del Rosario» («Arte iberoamericano desde la Colonización a la Independencia», Primera parte, Summa Artis. Historia General del Arte, volumen XXVIII, Madrid, Espasa-Calpe, 1985, pp. 500-503). Completando lo dicho, en un legajo que conserva el archivo del Ayuntamiento poblano, leemos el siguiente fragmento: «No sé si después de Jesús se sigue la de su Santísima Madre con el título y advocación del Santísimo Rosario, digo que no lo sé porque tiene cierta mayor dulcedumbre en los corazones cristianos la devoción de la Santísima Virgen, y, así como el mismo Señor dijo y reveló a Santa Brígida, el afecto y veneración a esta Señora, es dulcísimo cebo con que el mismo Señor nos engolosina para pescarnos en sus redes y para que le caigamos en las nasas de su sólido y verdadero culto: ¿qué mucho que no sea más amable el cebo y la carnada que los copos de la red?» (Puebla en el Virreinato. Documento anónimo inédito del siglo xviii, Puebla, Centro de Estudios Históricos de Puebla, 1965, p. 66).

El estuco dorado es el ingrediente que eligió el retablista para prestar magnificencia al lugar. Por lo demás, la planta respeta la delineación en cruz latina. Hacia lo alto, bóveda y cúpula sobre tambor proyectan la espiritualidad que rezuman tantos motivos ornamentales como aquí se concentran, sean estos de orden vegetal, animal, o ya en otro plano, angelical. Y entre tanta floresta y querubín triunfante, sobresalen figuras y figuraciones que debemos a fray Agustín Hernández. A saber: las virtudes teologales que ilustran las tres primeras bóvedas que hay tras el acceso principal, y esa bellísima alegoría de la gracia que figura en la cúpula. Dejando aparte los lienzos alusivos a Nuestra Señora, debidos a Rodríguez Carnero, hemos de aludir asimismo a las esculturas que, en el interior de sus correspondientes nichos, embellecen el tambor de la cúpula -las dieciséis gracias de la Madre de Dios-. En el mismo tramo, destaca el hermoso ciprés de alabastro donde se venera a la Virgen del Rosario.

Gracias a los fondos de la Fundación Mary Street Jenkins, entre mayo de 1967 y el mismo mes de 1971, un equipo de restauradores rejuveneció las características más nobles de la capilla, poniendo su confianza en unos diseños por los cuales no debiera pasar el tiempo.

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