El genius loci novohispano es objeto de estudio para Octavio Paz. Por lo que hace al desarrollo religioso del virreinato, el escritor mexicano distingue que Nueva España estaba cubierta de conventos y monasterios: «Vastos, sólidos y, muchas veces, hermosos. Además de ser centros religiosos y culturales, ejercían una actividad económica muy intensa. Aparte de la venta de los productos del trabajo y de la industria de las monjas y sus dependientes, las órdenes monásticas participaban en el mercado agrícola -eran grandes propietarios de tierra- y en otras operaciones lucrativas. (…) La tonalidad religiosa no impidió, naturalmente, que la riqueza de los conventos se reflejase, simultáneamente, en la belleza y magnificencia de los edificios y en el quebrantamiento y la relajación de las reglas» (Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, en Obras completas. Edición del autor, tomo V, Barcelona, Círculo de Lectores, 1992, p. 161). Con todo, este patrón general se desliza en la historia mediante formas diversas. Así, el Monasterio de la Purísima Concepción pertenece a un periodo en que lo descrito por Paz constituye un perfil estable. Dicho de otro modo: se alza cuando el apogeo urbano preside su devenir.
Fundado en 1593, el convento dispuso también de una iglesia, que fue dedicada en 1617. Si lo analizamos cual si de una experiencia simbólica se tratara, el trazado de este conjunto establece las cualidades propias del barroco, y por lo demás, registra escrupulosamente los estímulos de la religiosidad del momento. Así, dentro de esta sosegada corriente estética, la fachada principal del templo luce dos portadas herrerianas, en cierto modo compenetradas con la Contrarreforma y sus posteriores efectos. De igual manera, contrafuertes mixtilíneos y ventanas se convierten aquí en detalles de templanza y vigor. Como en otras edificaciones del mismo jaez, el interior ocupa una sola nave, y ésta queda cubierta mediante la bóveda de lunetos y una tradicional cúpula sobre tambor y pechinas. Todo, en suma, promete reposo, certidumbre, misticismo y sobriedad. Aun observando semejante entorno desde una época secularizada, no hemos de olvidar el coro, tras cuyo hermosísimo enrejado se halla un trascendental conjunto de retablos estípites dorados, y tampoco cabe dejar de lado ese órgano de fuelle que aún vive en el recuerdo musical de todo el catolicismo novohispano.
Quienes busquen los rastros del viejo convento, pueden hallar en el claustro de novicias un cuidado establecimiento hostelero. De algún modo, bajo una primera capa de extrañeza, tal desenlace permite que la vida vuelva a vibrar entre estos muros tan sólidos y llenos de memoria.