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Puebla de los Ángeles

10. Teatro Municipal

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De lunes a domingo, entre las ocho y las diez de la noche, abre sus puertas el Teatro Municipal. Situado un poco más allá de la calle de El Parián, coincidiendo en el paseo con el barrio del Artista, este coliseo poblano organiza una atmósfera donde todo está destinado a excitar la fantasía. La farsa, concebida como un rito que ya cumple dos milenios, halla entre sus muros un presente histórico que viene proyectado desde el ayer. Tipificado en esta dimensión, este edificio encarna la indómita energía que el teatro brindó a los angelopolitanos: baste señalar el notable número de corrales de comedias que antecedieron a su edificación.

De acuerdo con la guía que divulgó el Gobierno del Estado de Puebla en 2002, el Teatro Municipal abrió sus puertas en 1760. Por citar algún referente anterior, los especialistas coinciden en subrayar su semejanza con otra institución equivalente que funcionó en la Ciudad de México. Si tomamos en cuenta que podía albergar hasta mil seiscientos espectadores, cabe intuir, más allá del dato cuantitativo, el gozo de los poblanos ante aquellos dramas y comedias que animaron su ocio durante siglos.

La guerra de la Independencia impuso un cambio de orden. De hecho, el escenario ya no atrajo a los actores sino a los ingenieros e infantes que manejaron el polvorín de artillería aquí instalado. Con altivo desinterés por la tramoya teatral, los gestores decidieron habilitar luego el lugar para que pudiesen evolucionar toros y toreros. Como es imaginable, la lidia, aunque ceremoniosa en todas sus fórmulas, dañó gravemente la instalación. De ahí que fuese preciso reconstruir el conjunto arquitectónico en 1820, con el propósito de que la sala respondiese a dos géneros más idóneos: la ópera y el drama. Al cabo, también resultó éste un esfuerzo inútil, pues el 28 de julio se 1902 las llamas se enseñorearon del lugar y convirtieron en rescoldos la vanidosa arquitectura virreinal.

No es casual que entre los proyectos de restauración preferente figurase, una vez más, este edificio por donde acaso aún siga paseando el fantasma de Gutierre de Cetina, en busca de esas comedias perdidas que, al decir de los historiadores, inventó el maestro en Angelópolis. Las encuentre o no, lo cierto es que el Teatro Municipal es hoy una magnífica estructura, mucho más sólida que antaño, pero igualmente hermosa en sus perfiles.

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