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Puebla de los Ángeles

26. Parroquia de San Marcos

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Hay construcciones religiosas que inspiran un ceremonial festivo, pleno de ese optimismo colorista que se insinúa en sus formas y motivos decorativos. Un buen caso de tal estilo es el de la Iglesia de San Marcos. Su historia, como sucede con otros templos poblanos, progresa sin tregua a lo largo del tiempo y acarrea aportes diversos y a veces contradictorios. Tras su fundación, celebrada a fines del siglo xvi, la ermita fue estrenada en 1675. Dicen las crónicas que sirvió de parroquia auxiliar al templo del Sagrario hasta 1769, fecha en que, por decirlo así, alcanzó la independencia y ella misma pasó a figurar en el listado de parroquias poblanas. Pero aún la esperaban nuevas reformas, sufragadas por las autoridades y los donantes que así lo decidieron hasta 1836. De ello no hay duda: fueron muy acentuadas las reelaboraciones y enmiendas, pero al fin, con mayor alivio de la feligresía, el edificio adquirió esa belleza que, sin duda alguna, permanecerá más que nosotros. Una belleza, por cierto, que debe mucho a los artesanos de la loza talaverana. Y es que la magia de la cerámica se apropia de la fachada, cubre sus ladrillos y forma tableros con las imágenes mitológicas de los grandes astros. Algo similar sucede en el interior, donde el lambrín de azulejos y los querubines moldeados con el mismo material nos sugieren una estética ya vista en la Capilla del Rosario. De todas formas, aquí, en el centro de la traza, se organiza esa liturgia alegre que indicábamos más arriba.

Naturalmente, el rito no alcanza nunca un fondo último y se renueva en cada estación con detalles de lo más variado. Quizá por ello el vivaz contorno de San Marcos nos anima a repasar el calendario festivo de Puebla, muy apegado a la religión católica, a la historia de la metrópoli, y en menor grado, a los filamentos de la mitología precortesiana. Obviamente, se trata de una digresión por la que debiéramos pedir disculpas, pero la verdad es que ningún otro lugar como esta parroquia es tan idóneo para gozar de dicho ciclo conmemorativo. Veamos, pues, cómo el 6 de enero llegan a Puebla los Reyes Magos y el 5 de febrero se recuerda el aniversario de la Constitución. No para ahí la cosa: el gozo prosigue el 19 de marzo, fiesta de San José, y también el 21 de marzo, fecha de nacimiento de don Benito Juárez.

El Altar de Dolores es el rasgo de los prolegómenos de la Semana Santa, entre cuyas solemnidades figura el recorrido procesional de diversos pasos. El 3 de mayo coincide con la fiesta de la Santa Cruz, poco antes de que un desfile reviva la batalla del 5 de Mayo de 1862. El 24 de mayo es el día de Nuestra Señora de la Defensa, a quien se dedica una misa en la catedral. Similar rito merece el Día del Corpus Christi. Como habrá imaginado el lector mexicano, la dimensión pagana corresponde al Festival del Mole Poblano, que coincide con los cuatro domingos del mes de junio. Por lo demás, este festival gastronómico se celebra en la explanada de Analco, el mismo espacio donde, ya en agosto, gana fama el Festival del chile en nogada. El 16 de julio festejamos la advocación de la Virgen del Carmen, el 28 de agosto la de San Agustín, y el 30 de agosto, la de Santa Rosa. A ello le sigue una ceremonia de orden histórico los días 15 y 16 de septiembre: el aniversario de la independencia.

A los amantes de la actividad intelectual y las bellas artes ha de interesarles llegar a Angelópolis entre septiembre y noviembre, pues comienza el Festival Palafoxiano, repleto de citas culturales. El 4 de octubre los poblanos celebran la fiesta de San Francisco de Asís. No mucho después, entre el 1 y 2 de noviembre, el Día de Muertos y el de Día de Todos los Santos congregan a los angelopolitanos en los cementerios, cumpliendo un ritual que comparten con el resto de compatriotas. Tras el 20 de noviembre, aniversario de la Revolución, llega por fin el 12 de diciembre, fecha en que la Virgen de Guadalupe señala el paso del fervor local.

Más allá de todas las cautelas, ese murmullo de rezos, desfiles y concursos es perfectamente imaginable desde la portada de San Marcos. Al final, queda la duda: quizá tenga razón aquel arquitecto que advirtió cómo la piedra se apodera de las energías urbanas, condensando el cauce del tiempo, la generosidad de la vida y, en cierta manera, el conocimiento de nosotros mismos sobre nuestros ancestros.

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