Cualquier visita se distribuye de acuerdo con una serie de prioridades, y ésta que realizamos a San José no es una excepción. De acuerdo con los prontuarios que suele manejar el turista en Angelópolis, a la entrada del templo hallará obras de Pascual Pérez y de Miguel Jerónimo de Zendejas. Asimismo, podrá observar la competencia que establecen, a fuerza de hermosura, esa fachada adornada según los cánones del barroco talaveresco y el interior, entre cuyos pasajes notables figuran la extraordinaria sacristía y las capillas de Santa Ana, de Jesús Nazareno y de los Naturales. Lógicamente, tras este recorrido superficial, impresionista y toscamente descrito, la calma exige noticias más sutiles, infundidas de la misma gravedad que invade cada rincón de la parroquia.
Parafraseando a Mario Praz, diremos que los devotos arrodillados en la esquina de los parlatorios sagrados adoran un mundo invisible. Un mundo que el fervor religioso representa a la mirada de la mente; un mundo invisible que tiene el hechizo de un paraíso. Praz admiraba las escenas de fervor y no se hubiera sentido descontento en el interior de San José, comprobando cómo el santo bajo cuya advocación se alzó el templo aún protege a los poblanos frente a los ciclones y las tormentas.
Los lugares de esta naturaleza, al igual que los ríos, tienen un lecho profundo que acumula experiencias sucesivas. No en vano, la primera capilla que mereció el santo patrono se alzó entre 1556 y 1595, poco antes de convertirse en parroquia independiente. Aprovechando esa edificación a modo de soportal, en 1628 se amplió la traza y de ese modo quedó marcado el actual recinto. En suma, he aquí una planta centralizada. Un sagrario no catedralicio que, en palabras de Santiago Sebastián López, «tiene una planta de cruz griega, con arcos de sección semicircular; destaca su cúpula, netamente poblana, revestida de cerámica en azul, amarillo y anaranjado» («Arte iberoamericano desde la Colonización a la Independencia», Segunda parte, Summa Artis. Historia General del Arte, volumen XXIX, Madrid, Espasa-Calpe, 1985, p. 218).
En consonancia con ese colorismo y viveza exteriores, el interior está ricamente decorado. Las tres naves quedan divididas por arcos y en las naves laterales lucen con todo su esplendor los retablos barrocos y churriguerescos que, gracias al generoso don de los artesanos, llenan de pompa y simbología cada rincón del santuario.