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Puebla de los Ángeles

15. Museo Amparo

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En este lento vagabundear por diversos enclaves poblanos llegamos a la calle 2 Sur, y nos detenemos frente al portal número 708. Ahí es donde se halla el Museo Amparo, cuya fachada exterior, dentro de la sobriedad que es propia de todo el edificio, anuncia que ante nosotros se presenta un genuino almacén de tesoros. La Guía para el recién llegado a Puebla (Secretaría de Finanzas y Desarrollo Social del Gobierno del Estado de Puebla, 2002) -de la que tanto nos hemos servido para diseñar este paseo monumental- sitúa aquí una de las mejores colecciones del patrimonio artístico mexicano. La cosa, tal y como ha de comprobar el lector, no es para menos.

Se fundó esta institución el 28 de febrero de 1991, aprovechando para ubicar sus salas la estructura de El Hospitalito (pues así se llamaba al viejo Hospital San Juan de Letrán). La planta actual abarca asimismo el Colegio de Niñas y una vivienda colonial de envidiable amplitud. Centrándonos en las cualidades más modernas de este lugar, leemos en la guía antes citada que el responsable de colocar el rótulo sobre la entrada fue el empresario Manuel Espinosa Yglesias, quien decidió llamarlo Museo Amparo en honor de su esposa, doña Amparo Rugarcía de Espinosa.

Las catorce salas del Museo Amparo se distribuyen en dos secciones principales. La más notable, y seguramente más atractiva para el curioso, propone a éste perderse en las eternidades sugeridas por las culturas mesoamericanas. Desde los zapotecas hasta los totonacas, pasando por los mayas, el relato de los destinos prehispánicos teje la trama de este recorrido, descubriendo en él los rostros del México indígena. En suma, una fiesta de los sentidos que nos permite admirar piezas tan importantes como el Códice del Tiempo, por citar ésta entre tantas otras creaciones de mérito e interés. Una cosa es cierta: jalonando esta exploración, los cantos antiguos y el capricho de los dioses señalan un paseo a contrapelo de la historia. Por suerte para el viajero moderno, un ingenio informático de gran eficacia —multimedia lo llamaremos— permite no perder el hilo, vinculando de paso las actividades que se desarrollan tanto en las exhibiciones permanentes como en las temporales, en el auditorio y asimismo en la abundante biblioteca.

Es breve la distancia que separa estas riquezas de la segunda sección del museo, donde cabe admirar un sinfín de obras de arte virreinal. Aunque no los hayamos destacado, tampoco faltan en el museo óleos de los grandes maestros del siglo xx. Un lienzo en particular reclama la atención del paseante: el retrato de Amparo Rugarcía llevado a cabo por Diego Rivera. Por lo demás, antes de completar el recorrido, es de rigor una pausada visita a la librería, bien surtida en todo cuanto atañe a las bellezas que acá se exhiben.

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