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Puebla de los Ángeles

16. Iglesia de la Soledad

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He aquí una de las edificaciones más hermosas de la ciudad. De este lugar que en otro tiempo sirvió de morada a las religiosas, cabe decir que tuvo por origen una capilla que fue el proyecto de un lugareño mulato. Su propósito no era otro que honrar la imagen de Nuestra Señora de la Soledad que previamente había sido remitida desde España por el conde de Casa Alegre. Puede parecer natural que en 1708 el racionero Juan Francisco de Vergalla impulsara la construcción de un nuevo templo con idéntico propósito. Con suficiente aliento, y para testimoniar que la devoción mariana seguía vigente, quedó allá instalado un convento, lo cual exigió reformas y ampliaciones. Sin duda, debieron de infundir una serena impresión el templo definitivo, cuya fundación tuvo lugar en 1731, y el monasterio, concluido en 1748.

Si pensamos en la exuberancia del barroco poblano, por fuerza hemos de reparar en esta Iglesia de la Soledad. Perfectamente engalanada con azulejos negros y blancos, la cúpula es de media naranja con tambor octogonal. Congenial con el temperamento de aquélla, la torre del campanario dispone de dos cuerpos y un remate. Si esos dos elementos constituyen la fascinación del templo, no ha de olvidarse, una vez en el interior, el altar mayor obra de José Manzo. Tampoco deben pasar desapercibidos los retablos churriguerescos, y el otro altar, esta vez dedicado a Santa Teresa de Ávila. Por lo demás, junto a los óleos de Francisco Javier de Salazar y los atribuidos a Pablo José Talavera, una de las máximas impresiones de este recorrido por la nave es el púlpito de alabastro de Tecali, hecho por el cantero José Medina, quien ya dio muestras de su genio en la catedral.

Es difícil analizar estos factores arquitectónicos desligándolos plenamente de los antiguos habitantes de este conjunto. Si pensamos en las religiosas, no está de más recordar lo dicho por Rosalva Loreto López en cuanto a las formas de expresar esa vida de perfección.

«En una ellas -escribe-, el imaginario conventual se recreó mediante un conjunto de prácticas que bajo la orientación de los confesores adquirieron un gran valor moralizante. El objeto de tales atenciones fue su propio cuerpo, en el que las experiencias místicas de las iluminadas cristalizaron en formas específicas de devoción experimental que sirvieron de prototipo de la conducta moral y civilizadora de las comunidades monacales. Lo prodigioso individual trascendió los muros conventuales configurándose en parte de la cultura urbana y del grupo criollo que representaba» (Los conventos femeninos y el mundo urbano de la Puebla de los Ángeles del siglo xviii, México D.F., El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000, p. 283).

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