Junto a narradores y cronistas que se han adentrado en la intrahistoria de la Puebla conventual, disponemos de ensayistas cuya obra tiene positiva importancia en este campo. Tal es el caso de Nuria Salazar de Garza, autora de la La vida común en los conventos de monjas de la ciudad de Puebla (México, Biblioteca Angelopolitana, Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Puebla, 1990). Leyendo esta monografía, cabe imaginar cuál fue el ambiente que dominó en este convento de las monjas capuchinas, cuya ubicación podemos hallar en el moderno callejero poblano: avenida 16 de Septiembre y 9 Poniente.
El templo, objeto de las actuales visitas turísticas y piadosas, formaba parte del antiguo monasterio. Según consta en diversos legajos coloniales, la fundación tuvo lugar en 1703, y ésta se debe a una benefactora de memorable personalidad, doña Ana Francisca de Córdoba y Zúñiga. Como sucedió con otras damas del virreinato, tantas veces preocupadas por la expansión de las órdenes femeninas, esta señora legó su mansión para que entre sus muros se estableciera la vivienda monacal. Edificado no mucho después, el templo también presenta las cualidades típicas de la arquitectura de asunto religioso habitual en la Angelópolis del siglo xviii.
Bajo esta enseña barroca, es fácil desgranar ingredientes tan notables como el ornato de la portada principal, donde hallamos esculturas relativas a la tradición de las capuchinas. Vigorosamente diseñada, la cúpula deposita en el azulejo su mayor confianza.
Lo que hizo el arquitecto a la hora de dar forma al interior muestra aún más conclusivamente el canon novohispano. Sin extenderla en altura y anchura, el alarife completó una sola nave. Aun limitada a estas condiciones, dicha nave queda atraída hacia el techo gracias a la habitual cobertura mediante bóvedas de lunetos. Por algo dicen las guías turísticas que acá triunfa el neoclasicismo, y aún más si cabe en ese retablo mayor que concita todas las miradas. No en vano, cuando hablan los arquitectos de divisiones de sombra, el curioso tiende a pensar que ese efecto dorado y refulgente que manifiestan viejos retablos como éste, también sirve para aliviar la severidad de la piedra, oponiendo el rumor del estuco a los golpes de cincel.