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Puebla de los Ángeles

30. Ex Convento de Santa Mónica

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La estancia permanente de Sor Juana Inés de la Cruz en el imaginario conventual nos permite connotar mediante sus poemas imágenes como ésta de Santa Mónica. Dicen las crónicas que el convento debe su fundación a don Francisco Reynoso y don Julián López, quienes en 1606 decidieron crear un hospicio para mujeres casadas de familia noble, donde éstas pudieran residir mientras sus esposos estaban ausentes. Tras un periodo en el cual llegaron a este lugar mujeres de errática existencia con el fin de poner en orden sus cuitas legales y espirituales, en 1682 se abrió aquí un colegio bajo la advocación de Santa Mónica y dos años más tarde, mediante cédula real, éste quedó transformado en convento de las agustinas.

Inaugurada en 1668, la iglesia resulta lo más bello del conjunto y es de admirar su nave de seis bóvedas. Probablemente aún fuera más llamativo el ornato original, realizado mediante yeserías doradas, pero ningún turista o feligrés ha de menospreciar la decoración neoclásica que ahora ilumina sus rincones. A los ojos de tales visitantes, aún pervive el misterio en el coro que sufragó don José de Veytia y Linaje, pues más allá se organizó en otro tiempo una vida de clausura y misticismo.

Como en todos los edificios religiosos, las portadas adquieren una connotación simbólica. En este caso, hallamos en una de las entradas detalles alusivos a Nuestra Señora y a San José, mientras que la otra es custodiada por la figura de la patrona que da nombre al conjunto arquitectónico. De acuerdo con ese repertorio hagiográfico, en el interior se abren nuevas puertas con vitrales debidos a Corona San Miguel, donde, por ejemplo, quedan descritos algunos episodios en torno a San Agustín. Como ya habrá adivinado el lector atento a este ciclo, también los óleos que embellecen el interior ilustran pasajes de parecido asunto.

La conmovedora transfiguración de piedra y madera en imaginería piadosa alcanza incluso a ese grupo de ángeles que observa nuestro mundo en declive desde una bóveda de arista. Al fin y al cabo, éste es un espacio de santidad, o al menos así lo recuerdan los veinticuatro relicarios que adornan el ábside. Reforzando esa impresión, los altares neoclásicos amparan imágenes muy variadas y altamente significativas, como las de la Virgen de Guadalupe, el Corazón de María y Nuestra Señora de la Luz.

El carácter del convento persiste en su actual organización como Museo de Arte Religioso, donde aún quedan ejemplos de ese barroco talaveresco que animó la vida de las religiosas agustinas hasta que abandonaron este espacio en 1934. De hecho, los dos patios centrales cuentan con decoración de azulejos y lo mismo sucede en la escalera y en otros de sus elementos estructurales. Según publican los gestores del museo por vía digital, la fachada neoclásica del edificio quedó concluida en 1911, y ésta fue la última vez en que fue variado el acceso. Entre los artistas cuya obra forma parte del patrimonio acá exhibido figuran Antonio Espinoza, Juan Correa, Juan Villalobos, Miguel Jerónimo de Zendejas, Pascual Pérez y Rafael Morante.

La evolución de Santa Mónica, a medio camino entre la clausura, la redención de almas descarriadas y el propósito académico, recuerda el progreso de otras instituciones poblanas. Tal es el caso del Hospicio de Pobres, cuyo origen es el hospital para indios que fundó el obispo Alonso de la Mota en 1622, y que desde 1625 fue el colegio jesuita de San Ildefonso. De forma clarificadora, a partir de 1767 pasó a denominarse Hospicio de Pobres, conservando el templo la finalidad litúrgica.

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