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Puebla de los Ángeles

11. Templo ex Convento de San Francisco

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A buen seguro, una mayoría de los feligreses que acuden al templo de San Francisco centran su atención en la reliquia más preciada de este lugar. En una capilla lateral, protegida en el interior de una urna de plata repujada, reposan los restos momificados del venerable fray Sebastián de Aparicio, monje del siglo xvi a quien se atribuye una vida de virtud y la ejecución de inexplicables milagros. Por no ser la hagiografía materia central de estas notas, optamos acá por destacar un detalle asimismo importante, y es que la iglesia y el convento de San Francisco son la única edificación de los tiempos del citado beato que hoy existe en Angelópolis.

Según un criterio arquitectónico largamente aceptado por los alarifes y arquitectos poblanos, la portada del templo es de cantera gris y la rodea un paramento de ladrillo que a su vez queda recubierto con tableros de azulejo talaverano. Un detalle que hay que destacar es el empleo del estípite, un soporte que, al decir de Santiago Sebastián López, cabría definir como «un pilar o pilastra con base, como un obelisco invertido, formado de varios cuerpos y molduras, y como coronado de un capital corintio». Semejante diseño, una de tantas herencias del manierismo, llegó a convertirse en un nuevo orden para los constructores novohispanos. Dada su perfección, el estípite que mejor recuerda a los hallazgos del maestro Miguel Ángel es «el que aparece formando parte de los ejemplares de la portada de San Francisco de Puebla (1734-1767); también podría pensarse en algún maestro del manierismo nórdico, pues hay otros rasgos en esta misma portada que acusan esa misma influencia, y bien le pudo llegar el recuerdo miguelangelesco por vía indirecta» («Arte iberoamericano desde la Colonización a la Independencia», Segunda parte, Summa Artis. Historia General del Arte, volumen XXIX, Madrid, Espasa-Calpe, 1985, pp. 192-193).

Esta descripción merece ser tenida en cuenta bajo la luz de la historia. Véase que los franciscanos iniciaron aquí su labor en 1535, pusieron los cimientos del primer convento en 1585 y, una vez añadido el templo anexo, le dieron una función hospitalaria pensando en los religiosos del obispado de Tlaxcala. Por otro lado, el complejo se alza en la barriada aborigen de El Alto, lo cual debió de definir con claridad la tipología étnica de los parroquianos en tiempos del virreinato.

Desde un punto de vista exclusivamente estético, la visita ha de aceptar tres pausas más o menos contemplativas: la primera corresponde a la hermosa Capilla de la Tercera Orden de Penitencia, que fue inaugurada en 1660. La segunda parada nos detiene frente a la fachada, una creación de José Buitrago que se concretó entre 1743 y 1767. Y por último, conviene detenerse en el interior del templo y volver la mirada hacia esa techumbre que antaño fue de madera y que a partir del siglo xvii admitió la solidez de las bóvedas nervadas.

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