Se atribuye a este monasterio una honorable condición, sobre todo si lo interpretamos en clave histórica: es el convento más antiguo de Angelópolis y fue el primero que ocuparon y organizaron, de acuerdo con su regla monástica, las hermanas dominicas en el virreinato. Ciertamente, no son escasos tales méritos, pero hemos de subrayar un detalle: quien protagoniza la fundación es también una mujer, doña María de la Cruz Montenegro, benefactora sin cuyo patrocinio se hubiera malogrado el proyecto. A este proceso de mecenazgo, por lo demás, cabe sumarle otros nombres si no nos fiamos enteramente de las crónicas. «El sitio para la fábrica de este ilustre convento -escribe Miguel de Alcalá y Mendiola- lo dio el capitán Juan Impías Carvajal, poblador de esta ciudad, aunque otros entienden que fue la venerable madre María de la Cruz, una de sus fundadoras, de quien se hará mención en su lugar, comprando el sitio a Pedro de Tapia, que servía de obrador de paños. Fue el convento de religiosas que dio principio a la Puebla, viniendo a ella de la ciudad de México sus fundadoras, como se acostumbra en nuevas fundaciones» (Descripción en bosquejo de la imperial cesárea muy noble y muy leal ciudad de Puebla de los Ángeles, estudio introductorio de Ramón Sánchez Flores, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Dirección General de Fomento Editorial, 1997, p. 135).
Tan veterana institución se sitúa de este modo en el actual callejero poblano: 3 Norte y 2 Poniente. Superada la primera impresión, seguramente el curioso comience a meditar en lo poco que se parece la actual fachada a aquélla que debió de hermosear el edificio pagado por doña María de la Cruz. Quien hojee los legajos que detallan este progreso, comprenderá por qué se efectuaron tantos cambios en la estructura a mitad del siglo xvii. Piénsese que la bóveda no fue ubicada hasta comienzos del siglo xviii. Por cierto, el autor de la obra fue Diego Peláez Sánchez, a la sazón maestrescuela de la catedral.
Concluido en 1750, el templo es de una sola nave. Su fachada dispone de un par de portadas y lo ciñen ocho contrafuertes. El campanario acentúa, por contraste, la hermosura del recinto. Con su diseño de un solo cuerpo, escapa a los rigores decorativos mediante un espléndido recubrimiento de ladrillo y azulejos. De ahí que tantas veces haya que citarlo como paradigma del estilo angelopolitano, aquí apreciable en uno de sus más descollantes niveles de perfeccionamiento.