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Puebla de los Ángeles

17. Templo y Convento del Carmen

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Al pasear por este complejo arquitectónico y admirar sus pasajes más bellos, el visitante puede sentir ese recogimiento íntimo que describía Octavio Paz parafraseando a una escritora de alto genio: «Callamos, decía Sor Juana, no porque no tengamos nada que decir, sino porque no sabemos cómo decir todo lo que quisiéramos decir. El silencio humano es un callar y, por tanto, es implícita comunicación, sentido latente» (El arco y la lira, en Obras completas I. La casa de la presencia. Poesía e historia, Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 1999, p. 88). Sin duda, algo de esa reserva inspira el templo del Carmen, al menos si pensamos en la fiel feligresía que durante tanto tiempo expresó su religiosidad en este dominio. No obstante, incluso prescindiendo de esa explicación sobrenatural, cabe disfrutar del magnífico edificio, muy probablemente diseñado por fray Andrés de San Miguel y construido entre 1624 y 1627.

La hermosura de la traza corresponde al magisterio de quienes participaron en ella. Dice el cronista Miguel de Alcalá y Mendiola que el Convento de Nuestra Señora del Carmen fue previamente una ermita bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios. Responsable de la edificación de esta última fue un vecino de Angelópolis, don Fernando de Villanueva, «a quien esta celestial señora sacó de un gran peligro invocándola lidiando un toro, y a esta causa se ha quedado con el mismo título una tan devota como atenta cofradía, dotación de una huérfana cada año, hija de dichos maestros, que sale el día de su fiesta». En lo que concierne al templo, explica el historiador que lo fundaron los padres del Carmen, con el auxilio y fomento del obispo Diego de Romano y Govea. Desde un punto de vista físico, la iglesia «era capacísima ayudándolos para ello el verse con sobrado sitio que está en los confines de la ciudad, hasta que con nuevo orden de su reverendo padre general se estrechó más la fábrica, quedando en proporción de una medianía bastante» (Descripción en bosquejo de la imperial cesárea muy noble y muy leal ciudad de Puebla de los Ángeles, estudio introductorio de Ramón Sánchez Flores, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Dirección General de Fomento Editorial, 1997, p. 132). Llenando de símbolos el volumen de cantera, argamasa y ladrillo, quedaron edificadas las capillas de la Tercera Orden, la del Sagrario de Santa Teresa, la de Santa Cruz, y por supuesto, la de Nuestra Señora del Carmen.

Si nos atenemos al criterio ornamental, no está de más citar los revestimientos de azulejo y también las yeserías. En este pasaje, repetimos lo señalado por Santiago Sebastián López: las primeras creaciones angelopolitanas que acogieron las yeserías fueron los templos de San Ildefonso, del Carmen y de Santo Domingo. La fundación de la Iglesia de San Ildefonso está fechada en 1622 y «se cree que en 1625 pudo ser decorada la bóveda y cúpula con relieves estucados, del mismo estilo que los realizados en Andalucía por las mismas fechas, bajo cánones todavía manieristas». En el caso de la Iglesia de Santo Domingo (1611), las decoraciones estucadas de la nave del templo se llevaron a término en 1632, y su autoría es atribuida a Pedro García Durango. Al poco tiempo, entre 1630 y 1635, sitúa el especialista la realización de las yeserías del Carmen, que, al igual que las anteriores, «presenta evidentes paralelismos con las realizadas simultáneamente en España» («Arte iberoamericano desde la Colonización a la Independencia», Primera parte, Summa Artis. Historia General del Arte, volumen XXVIII, Madrid, Espasa-Calpe, 1985, p. 516).

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