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Puebla de los Ángeles

32. Cerro de Loreto y Guadalupe

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Aunque abundan en el perímetro urbano las tentaciones culturales, uno de los espacios más atractivos de Puebla es el Cerro de Loreto y Guadalupe, donde cabe recorrer los fuertes del mismo nombre, rememorando de ese modo la gesta militar que constituye uno de los elementos más notables de la identidad angelopolitana. Combinando ese histórico rasgo de bravura con un detalle celestial, el arco que precede a los fortines acoge tres símbolos: el escudo poblano y las representaciones del arcángel San Miguel y de San José. No está de más ese detalle hagiográfico, pues la crónica del cerro parte de un milagro divulgado en el tiempo de los virreyes. Según cuentan los que de ello saben, fue en 1655 cuando el piadoso José de la Cruz Sarmiento rezó a la Virgen de Loreto durante una peligrosa tormenta. Sin duda, la protección llegó de lo alto, pues José recibió el latigazo de un rayo, y aunque éste mató a su corcel y a unos pollos que eran su mercancía, el jinete quedó sin daño. Agradecido, en 1659 impulsó la construcción de una ermita en el mismo lugar donde ocurrió el prodigio. Claro que, junto a ésta de Loreto, también existe en el mismo paraje una capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe. La mandó construir don Luis Osorio y quedó en ruinas durante el sitio de 1862. Iniciada su construcción en 1804, la iglesia había sido consagrada en 1816, y no es difícil imaginar el motivo estratégico que hizo de ella un fortín.

En torno a 1773 se rehizo la ermita de Loreto, y sus hechuras revelan un estilo arquitectónico defensivo, pues el mismo techo recubre los muros del edificio y otros que le eran exteriores. Las tareas de fortificación se intensificaron en 1815 y demostraron su eficacia en la batalla del 5 de mayo de 1862. Durante esa épica jornada, Loreto fue defendido por el general Berriozábal y en Guadalupe acreditó su gallardía el general Ignacio Zaragoza.

En la actualidad, los dos fuertes, sumados a exhibiciones como el Museo de Historia Militar que acá se instaló en 1933, constituyen el mejor atractivo del Centro Cívico o Unidad Cívica 5 de Mayo: un espacio de doscientos mil metros cuadrados que viene a ser un reservorio de oxígeno para la ciudad. Por algo encarecen los poblanos la naturaleza de este lugar, entre cuyos alicientes figura el de mirador, pues desde aquí se contempla el horizonte volcánico que, desde distintos puntos cardinales, componen el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl y la Malinche.

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