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Puebla de los Ángeles

4. Catedral

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Nada han menguado los alcances ni la nombradía de este templo al que don Manuel Toussaint dedicó su monografía La catedral y las iglesias de Puebla (México D.F., Editorial Porrúa, 1954). Bien al contrario: año tras año aparecen nuevos estudios que vienen a destacar alguna curiosidad provechosa, algún dato que redunda siempre en mayor aprecio de esta edificación. La fama, sobra añadirlo, está plenamente justificada desde hace siglos, y nadie ha de recorrer Angelópolis sin que falte en su agenda espacio para visitar este conjunto catedralicio. Así, pues, a modo de breve guía, vamos a trazar acá sus principales rasgos, comenzando en el dominio de la historia. A propósito de todo ello, vea el lector lo que dice un legajo anónimo del siglo xviii: «La Santa Iglesia Catedral —escribe el autor—, dedicada a la Concepción Inmaculada de María Santísima, Señora Nuestra, hollando con su planta la antigua serpiente de este sitio como la primera del Paraíso, se erigió el año de mil y quinientos y veinte y seis, siendo Sumo Pontífice Clemente VII. Primero estuvo en Tlaxcala y perseveró en aquella ciudad hasta el año de mil y quinientos y cincuenta, que se trasladó a la Puebla, donde hoy reside su obispo y venerable cabildo, deán, cinco dignidades, diez canongías, con la sorpresa que se paga al Santo Tribunal de la Inquisición que reside en la ciudad de México, seis raciones enteras y seis medias. Vale su gruesa de diezmos doscientos mil pesos» (Puebla en el Virreinato. Documento anónimo inédito del siglo xviii, Puebla, Centro de Estudios Históricos de Puebla, 1965, p. 7). Conviene aclarar que la referencia al traslado desde la diócesis de Tlaxcala ha de situarse en 1539. Tras diseñar los planos Francisco Becerra y Juan de Cigorondo, los maestros de obras guiaron a un gran número de albañiles a partir de 1575. Como sucede en otros templos de similar ambición, el primor con el que se fue cincelando la piedra impuso más de una demora. Hubo que esperar hasta 1603 para completar los pilares, y doce años más tarde, el predicador de turno solemnizó las capillas hornacinas.

En circunstancias menos favorables, Su Majestad pensó que no había fondos bastantes para capitalizar el proyecto. Corría el año 1626 y el intervalo suministraba rumores y desconfianza. Pasó el tiempo, se celebró la llegada de 1634 y Juan Gómez de Trasmonte, maestro mayor de la Catedral Metropolitana, recibió un encargo inesperado: reformar la tarea de sus antecesores más dignos, dibujar nuevos planos y encargar la plasmación de éstos en mármol y piedra pómez. Sin duda, hubo fortuna en el empeño. Al menos, así lo refleja el documento antes citado: «Este real, suntuoso templo —detalla el cronista—, así en lo interior como en lo exterior, es todo de piedra labrada y excelente en el color; la calidad manifiesta su grandeza; su longitud es de más de cien varas, y en proporción de alto y ancho» (Ídem, p. 8). Sin duda, la grandeza era una cualidad buscada. No obstante, aún quedaban por rematar las dos torres herrerianas de 74 metros de altura y las correspondientes portadas cuando se celebró el acto de consagración el 18 de abril de 1649. Ofició la ceremonia el obispo Juan de Palafox y Mendoza, quien ha pasado a la tradición poblana como el principal impulsor del proyecto catedralicio desde 1640. Es más: sin la presencia del prelado difícilmente hubiera podido llevar adelante sus ideas constructivas un arquitecto tan meticuloso como Pedro García Ferrer.

Tras el destierro de Palafox —motivado por su famoso litigio con los jesuitas—, las obras aún siguieron a buen ritmo durante varios años. No caben agravios acerca de los nuevos alarifes, oficiales y arquitectos que prosiguieron la tarea. Al estilo poblano, decidieron usar azulejo en las torres. La catedral es de planta rectangular y se extiende a lo largo de cinco naves (dicho de otro modo: una nave central con bóvedas de lunetos, dos naves procesionales con bóvedas de platillo y catorce capillas nicho). Tres portadas sirven para anunciar la magnificencia del recinto. De ellas, la principal es la del Perdón, aunque también sobresale por su armonía la de San Cristóbal. Concluidas en 1664, estas portadas deben su trazo original a Francisco Gutiérrez. Mucho habría que extenderse para detallar el mérito de otros creadores que lo acompañan. Baste con subrayar las excelencias de los rincones más frecuentados del templo. A saber: el retablo o altar de los Reyes, el altar del Perdón, el coro, la pintura mural de la cúpula, la reja atrial, el ciprés (obra de Manuel Tolsá), la capilla del Ochavo y la sacristía. De otra parte, es interesante saber que en ésta última se custodiaba una obra famosa del pintor Juan Tinoco: la Batalla de Israel contra los amalecitas.

Si nos acercamos a la jurisdicción administrativa, sobresale un hecho, y es que la Santa Iglesia Catedral exigía una numerosa junta eclesiástica encargada de su buen funcionamiento. Buen conocedor de esta fórmula de gobierno era el cronista Miguel de Alcalá y Mendiola, quien escribió que el templo tenía «su sitio en parte superior más que todas las demás iglesias de la ciudad, y ya va dicho cómo su sitio lo dio Alonso Martín Partidor, y para su gobierno tiene su ilustre cabildo que se compone: El señor deán, el señor arcediano, señor chantre, señor maestrescuela, señor tesorero, cuatro canongías de oposición que son: doctoral, magistral, lectoral, penitenciaria. Seis canongías, las cinco presenta su Majestad dándolas de merced: la una es la suprimida cuyos usufructos son para gastos de la Santa Inquisición» (Descripción en bosquejo de la imperial cesárea muy noble y muy leal ciudad de Puebla de los Ángeles, estudio introductorio de Ramón Sánchez Flores, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Dirección General de Fomento Editorial, 1997, p. 83).

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