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Puebla de los Ángeles

9. Casa del Alfeñique

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También al practicar la arquitectura puede el artista adoptar técnicas que más bien parecen propias de un relato fantástico. Como en los cuentos infantiles donde los héroes eligen edificaciones hechas de regaliz y golosina, he aquí una bellísima construcción en la que los dulces desempeñan un papel nada desdeñable. Acomodándose a ese mundo de maravillas, tan propio de la infancia, el maestro Antonio Santamaría Incháurregui cumplió en estos muros el deseo del maestro herrero don Juan Ignacio Morales, cuyo romántico propósito no era otro que el de festejar a su mujer. Es a ella a quien había prometido una casa que pareciese construida con alfeñique o pasta azucarada de almendra. No podía ser de otro modo: en sus tres cuerpos, este goloso capricho arquitectónico cumple los principios, nada discretos por cierto, del estilo que llamamos barroco churrigueresco, y que hoy nos resulta encantador pese a sus obvios excesos decorativos.

Actual sede del Museo Regional del Estado, la construcción se sitúa en la contraesquina de El Parián. Así lo explica la Guía para el recién llegado a Puebla (Secretaría de Finanzas y Desarrollo Social del Gobierno del Estado de Puebla, 2002), donde también se confirma que su ornamentación de argamasa blanca se inspira en la textura y diseño de los dulces de azúcar, llamados en Puebla alfeñiques. En 1790, fecha de la construcción, Santamaría Incháurregui decidió aceptar el riesgo que conlleva la exuberancia estética, e impuso que los tres niveles de la casa lucieran un recubrimiento geométrico de ladrillos y azulejos de Talavera. En su condición de juego barroco, el decorado en argamasa de todos y cada uno de los elementos —desde las cornisas y balcones hasta las pilastras y molduras—, pone a dialogar un repertorio exasperadamente nutrido, en el que conviven escudos heráldicos, monogramas, adornos vegetales e incluso alguna que otra alusión mitológica.

Tan fecunda es la observación de la fachada que casi cabría olvidar lo que ésta pone a resguardo. Y no obstante, la visita al museo queda justificada por el gran interés de la colección que atesora. Sin duda, los aficionados a la historia disfrutarán con la serie de códices y pinturas presentes en la muestra. Sin embargo, el valor de la exhibición crece cuando ésta clasifica objetos propios de la etnografía; por ejemplo, la colección de trajes antiguos incluye el traje de la china poblana, verdadera joya del diseño popular. En este aspecto, la Casa del Alfeñique esconde una excelente lección de costumbres poblanas. A modo de coda en la visita, el paseante no ha de olvidar los rincones que aún reflejan la cotidianidad de la vida colonial, incluida esa capilla que adopta el mismo criterio ornamental que de forma tan desmedida ejemplifican los muros exteriores.

Al visitante también le interesará conocer que esta exhibición se añade a otras de variado asunto, que sumadas integran la oferta museística de la ciudad, compuesta por instituciones como el Museo Amparo, el Museo de Arte Colonial Religioso, el Museo de Arte José Luis Bello y González, el Museo de Arte Popular Poblano, el Museo de Historia Militar, el Museo de Historia Natural, el Museo de Vida Animal, el Museo José Luis Bello y Zetina, el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, el Museo Poblano de Arte Virreinal, el Museo Regional de Antropología e Historia de Puebla y el Museo Universitario.

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