«Una sala configurada de acuerdo con categorías artificiales -escribe Alberto Manguel-, como es el caso de una biblioteca, sugiere un universo lógico, un universo-jardín-de-infancia, en el que todo tiene su sitio y su definición proviene del sitio que ocupa. (…) Las categorías son exclusivas; la lectura no lo es, o no debería serlo. Sea cual fuere la clasificación elegida, toda biblioteca tiraniza el acto de leer y fuerza al lector -al lector curioso, al lector atento- a rescatar el libro de la categoría a la que ha sido condenado» (Una historia de la lectura, traducción de José Luis López Muñoz, Madrid, Alianza Editorial, 2001, pp. 278-279). ¿Atendería a estas sutilezas el obispo Juan de Palafox y Mendoza? Muy posiblemente, su propósito a la hora de fundar la biblioteca que lleva su nombre fuese diverso al que expone Manguel. Por lo que sabemos, el eclesiástico hizo donación en 1646 de los muchos libros que atesoraba -en torno a cinco mil- con el propósito de atender la demanda intelectual de los estudiantes y seminaristas poblanos. Otros personajes siguieron su ejemplo. Tal es el caso de Francisco Fabián y Fuero, cuyo mayor mérito es haber logrado que los fondos procedentes del patrimonio documental jesuítico quedasen al cuidado de la Biblioteca Palafoxiana cuando Carlos III ordenó la expulsión de la Orden de San Ignacio. El obispo Fabián y Fuero hizo algo más: consiguió que una formidable estantería mejorase la catalogación de los ejemplares. «Ya Palafox había dispuesto que estuviera abierta a todo el pueblo -escribe Ernesto de la Torre Villar-, a todo aquél que quisiera acercarse a los libros para obtener conocimiento. Esta disposición de enorme trascendencia social se ampliaría con Fabián y Fuero, quien autorizó una amplia compra de libros para formar un rico panorama civilizador. Mientras las bibliotecas de los monasterios dominicos y franciscanos se abrían con trabajo a los estudiosos, las de los jesuitas eran más accesibles; la biblioteca de Palafox, que con justicia debería llamarse Palafoxiana y de Fabián y Fuero, daba oportunidad a la sociedad poblana entera para cultivarse» («Los libros en Puebla», p. 1).
Tan copiosa era la colección, que en 1836 los lectores tenían acceso a 12.536 volúmenes. Ya en esa fecha, el incunable más antiguo era la Crónica de Nuremberg (1493), escrita por Hartman Schedel e ilustrada con dos mil grabados de Miguel Wohigemuth. Otras joyas ocupan el mismo espacio, como el Atlas de Ortelius (1548) y una Biblia Políglota (1569-1573). No sorprende, pues, que esta institución fuera denominada Monumento Histórico de México.
En la actualidad, el registro de la biblioteca incluye 42.556 libros, nueve de ellos incunables -el más antiguo, Los nueve libros de Historia, de Herodoto, fue impreso en Venecia en 1473-. En el interior de lo que hoy es la Casa de la Cultura, este centro admirable atrae por igual a eruditos y curiosos, pues no sólo admira por su relevancia el catálogo, sino el entorno donde reposan los textos, iluminado con detalles de la vieja época -véase, por ejemplo, el retablo barroco, donde sobresalen los óleos que representan a Santo Tomás de Aquino y a la Virgen de Trapana-. En otro sentido, dentro de los planes de promoción, mejora y restauración, hay que destacar la apertura de dos salas con funciones específicas, la de Curación y la del Tesoro Bibliográfico, así como la puesta en marcha del Centro de Investigaciones Bibliográficas.
Al lector bibliófilo también le interesará recordar que numerosos documentos del obispo Palafox enriquecen colecciones como ésta, dentro y fuera de México. A modo de ejemplo, citamos uno que recoge Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles, y cuyo título es La Inquisición sin máscara, o disertación en que se prueban hasta la evidencia los vicios de este tribunal y la necesidad de que se suprima. Por Natanael, Jomtob. Cádiz, en la imprenta de D. Jose Niel, año de 1811. 493 páginas, 4.º. Por apéndice lleva, en 48 páginas de foliatura distinta, la Carta del Venerable D. Juan de Palafox, Obispo de la Puebla de los Ángeles y de Osma, al Inquisidor General D. Diego de Arce y Reinoso, Obispo de Plasencia, en que se queja de los atentados cometidos contra su dignidad y persona por el Tribunal de Inquisición de México. Dala a luz con notas el autor de «La Inquisición sin máscara» (Cádiz, Imprenta de D. Diego García Campoy, año de 1813; citado en Heterodoxia en el siglo xix, libro VII de las Obras completas, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1940-1966, p. 95).