En opinión de Rosalva Loreto López, el Convento de Santa Rosa fue «el producto de la maduración de una idea que con el tiempo tomó forma y se cristalizó en un fruto importante no sólo para la ciudad de Puebla sino también para el criollismo iberoamericano del siglo xviii». Desde el punto de vista de esta estudiosa de la religiosidad angelopolitana, esa meta no estuvo definida desde el inicio. De hecho, la iniciativa conducente a la fundación de ese convento surgió en 1671 con el deseo de formar una cofradía para honrar a Santa Inés. Al poco, esta cofradía sirvió para fundar un beaterio, y ello tuvo como consecuencia que la advocación variase, cobrando el protagonismo Santa Rosa en 1683. A través de la misma fuente, sabemos que ambas santas pertenecían al panteón de los dominicos. No obstante, Santa Rosa fue distinguida como la Patrona de las Indias Occidentales. Es más, «esta nueva advocación surgida en el último tercio del siglo xvii se adoptó rápida y decisivamente en Puebla y con ella se buscó un modelo de perfección más elevado, correspondiente a su estatus. El convento no se fundó formalmente hasta 1740, y las vicisitudes de los actos previos a ella, cuyo origen se remonta hasta 1671, muestran el compromiso de los grupos urbanos en su establecimiento y la influencia cultural del surgimiento de un monasterio de mujeres en la ciudad» (Los conventos femeninos y el mundo urbano de la Puebla de los Ángeles del siglo xviii, México D.F., El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000, pp. 71-72). Complementando lo dicho, explica la crónica de don Miguel de Alcalá y Mendiola que el fundador del beaterio fue el reverendo padre fray Bernardo de Andía, quien era provincial del Convento de Santo Domingo. El espacio para la construcción correspondía a parte de la hacienda que dejó un vecino, don Pedro de Ledesma, «a su arbitrio y disposición y fabricando para sus rentas y sustento de las beatas». Cuando, tras un largo periodo de habitación, quedó de manifiesto la incomodidad con que vivían las hermanas, el capitán don Miguel Raboso de la Plaza, alguacil mayor, procuró construir un hospicio capaz, «para que con más desahogo estuviera siempre con ánimo de alcanzar de Roma licencia para fabricar convento, y comprando otro sitio se comenzó a labrar, quedando en este estado de beaterio hasta que con el tiempo se consiga su pretensión» (Descripción en bosquejo de la imperial cesárea muy noble y muy leal ciudad de Puebla de los Ángeles, estudio introductorio de Ramón Sánchez Flores, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Dirección General de Fomento Editorial, 1997, p. 140).
Dicho en forma resumida: lo que fue inicialmente el Beaterio de Santa Rosa (1698) se transformó en Convento de Monjas de Santa Rosa (1745). Con el tiempo, la iniciativa religiosa perdió su prioridad y el lugar quedó transformado en hospital psiquiátrico y casa de vecinos. Tras una remodelación, lo ocupó el Museo de Cerámica desde el 20 de septiembre de 1926, pasando a denominarse con posterioridad Museo de Arte Popular Poblano.
Entre el patrimonio que cabe admirar en sus salas, destaca la antigua cocina del monasterio, cuyo ornato es una de las muestras más admiradas de cerámica de Talavera. De acuerdo con la tradición local, en este fogón barroco se diseñó la receta del mole poblano de guajolote. Su frondosa decoración se debe al licenciado Martín de Vallarta, que fue secretario del prelado Pedro Nogales Dávila, arzobispo de la ciudad entre 1708 y 1721.
Obviamente, no es la única riqueza aquí custodiada; también hallamos en la exhibición bordados típicos de Altepexi, mobiliario poblano e incluso ofrendas de muertos de Huaquechula y un árbol de la vida de Acatlán. El claustro de profesas dispone de una fuente y en la sacristía hay varios óleos hagiográficos, dedicados a Santa Rosa. También es de admirar el coro alto, cuya decoración pictórica sigue el mismo tono de la sacristía.