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Puebla de los Ángeles

Introducción (1 de 3)

En la ciudad de Puebla el diálogo entre el mito, la historia y la cotidianidad se ha transformado en un hermoso acuerdo. A no dudarlo, el tiempo y sus rescoldos han dejado acá un rastro propicio a las emulsiones poéticas, de tal modo que el visitante puede hallar afinidades inesperadas en cada monumento, en cada portal e incluso en cada uno de esos relatos populares que aún encienden la imaginación de los poblanos. Tal vez no sea ocioso recordar que esta urbe, ubicada en el altiplano central de México, siempre tuvo razones sobradas para perpetuar esa raigambre literaria y acaso legendaria. Con una población actual cercana a los dos millones de habitantes, Puebla atraviesa los siglos sobre un territorio que dibuja la arrogancia de los volcanes y deja entrever sus enigmas en un cruce de caminos. No en vano, los conquistadores trazaron su plano entre Cholula, Tlaxcala, Cuatinchan, Teotimehuacán y Tepeaca, justamente en ese espacio que los lugareños llamaban Cuetlaxcoapan: el territorio donde abandonan su piel las culebras.

Si a los matices de dicho apelativo añadimos el prestigio destructor del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl, nuestra visita al pasado puede comenzar con una pregunta: ¿Qué buscaron los fundadores en este paraje? Sin duda, un simbolista nos hablaría de centros de poder, atiborrados de esa energía que proviene de una desbocada naturaleza. Con ello, casi sobra decirlo, gana mayor impulso una crónica urbana que comienza el 16 de abril de 1531, fecha en que se fundó la ciudad. Sin aparente sensación de extrañeza, protagonizaron ese momento inaugural el oidor Juan Salmerón, el obispo Fray Julián Garcés y Fray Toribio Paredes de Benavente, llamado por los indígenas Motolinía. Por un vigor que pareció contagiarles la citada intensidad telúrica, todos ellos resultaron ser personajes esenciales para entender la posterior dimensión de Puebla, aun en los trances de mayor incertidumbre.

En cierto modo, esta ciudad es una tentativa por responder a las más elevadas inquietudes del hombre. Hablamos de la Puebla universitaria, de la Puebla conventual y también de una Puebla heroica que homenajea a Ignacio Zaragoza, aquel general que luchó contra los franceses en las Cumbres de Acultzingo. También es lícito pensar en la Puebla de los Ángeles, vista como una villa gloriosa, propia de las Alturas, aunque con una leve diferencia, y es que esta Angelópolis no pertenece a una civilización angelical más que en lo derecho de su trazado. En lo demás, su epopeya es plenamente humana, y debe su grandeza a mercaderes, arquitectos, estrategas y eruditos. Apenas si hace falta añadir que semejante rasgo de la comunidad poblana no depende tan sólo de la subjetividad del observador. Siempre en movimiento, quiere el destino que Puebla aún dicte sus significados en los rigores de la piedra y en esa realidad proteica que viene a ser su tradición oral.

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