A primera vista, un paseo por Barrio del Artista facilita un enfoque bastante claro de la habilidad pictórica de los poblanos. Pero en Angelópolis ocurren muchas más cosas relacionadas con la estética popular. Por ejemplo, si el visitante recorre el Mercado de El Parián, descubrirá multitud de alternativas fáciles de acomodar a ese talento local. Y aunque resultan encantadores los productos de la artesanía de la palma, propia de la región mixteca, vamos a dedicar un espacio más generoso al azulejo, pues dicho elemento es inseparable de la arquitectura ciudadana. Comencemos, no obstante, por señalar que El Parián debe su pujanza a un traslado: en 1796 el fuego consumió el mercado del Zócalo y las autoridades quisieron instalar los puestos de venta en esa plazuela de San Roque donde vino a acomodarse el recinto ferial que nos ocupa. Así, pues, hay en El Parián algo de cada talento manual: desde el vidrio a la joyería, pasando por otras tantas delicadezas artesanales de esas que suelen tentar al comprador.
Como decíamos, un curioso hábito de la ornamentación arquitectónica de la ciudad es el empleo de azulejos. Los hay en los muros interiores de la capilla de Santa Bárbara (1789), y en cierto modo, nos recuerdan esas porcelanas traídas por el Galeón de Manila. De hecho, esa es la ruta por la cual llegaron sangleyes, artesanos de Oriente que instruyeron en su oficio a los poblanos. De modo similar, llegaron desde España las formas y las técnicas que precisa la loza de Talavera: esa cerámica vidriada con óxido de zinc que, al decir de los sabios, hereda los modos de la vieja alfarería árabe. Con todo, bien vale un aviso: el primer reto al que ha de enfrentarse el analista de dicho estilo es dominar la fascinación. Basta, a modo de prueba, salir de Puebla y visitar el cercano templo de San Francisco Acatepec para sentir el emocionado interés que despierta su revestimiento de mayólica.
No es el único caso. Por ejemplo, aunque la Casa de los Muñecos (del siglo xviii) luce unos barandales de hierro forjados por Roque Illescas, los turistas ambicionan fotografiar con mayor pericia los dieciséis tableros de azulejos que habitan las figuras (los muñecos) cuyo nombre adopta la vivienda. Lo mismo cabe decir sobre la fachada de la Parroquia de San Marcos. Cubierta con ladrillos y azulejos, se sitúa en el mismo horizonte decorativo la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Luz. Entre otros muchos ejemplos de barroco talaveresco, podemos traer a colación el Bautisterio de San Antonio, el patio principal de Santa Mónica o esa geometría de azulejos que ilustra, con afán hagiográfico, la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe (1722). Quienes recorran el Paseo Bravo y se detengan entre Avenida Reforma y 11 Norte, podrán comprobar en qué medida el templo guadalupano es modélico en lo que toca al empleo de este recurso artesanal. Aún más: en el interior la argamasa decorativa constituye un admirable efecto en la Capilla de la Soledad, máximo atractivo de este enclave religioso.