Las relaciones entre Angelópolis y la literatura han sido múltiples, y no sólo porque la ciudad aparezca en un copioso número de referencias librescas, sino por su condición de cuna de un buen puñado de autores. Para comenzar este repaso, por tanto, nada más adecuado que un escrutinio al estilo de esa Bibliografía Mexicana del siglo xviii que ordenó Nicolás León, encargado de la Sociedad de Antropología y Etnografía del Museo Nacional, y que fue luego editada en México por la imprenta de Francisco Díaz de León entre 1902 y 1908. Sabemos gracias a Menéndez Pelayo que la imprenta llegó a Puebla y cambió el rumbo cultural de los angelopolitanos. Dice el sabio que en esta ciudad se estamparon importantes escritos del obispo Palafox y de Sor Juana Inés de la Cruz, así como las publicaciones históricas y canónicas patrocinadas por el obispo Fabián y Fuero. Para sondear en mayor medida esta historia local de la edición, la referencia idónea es don José Toribio Medina, autor de La imprenta en la Puebla de los Ángeles (1640-1821) (Santiago de Chile, Imprenta Cervantes, 1908). Como es de rigor, no hay que confundir este progreso técnico, punto de partida de una nueva inquietud intelectual, con el devenir exclusivamente literario, y es bueno distinguir entre la densidad de publicaciones —objeto de análisis en otra parte de esta exposición— y el estilo que guió con preferencia a los escritores.
Vayan por delante unas cuantas generalidades. A vista de pájaro, dice Octavio Paz que la poesía local es una poesía transplantada, originada en un momento universal de España: el siglo xvi. Mientras discurre esa centuria, autores como Gutierre de Cetina recrean el arte del Renacimiento que los ha deslumbrado en Italia. «Los primeros poetas novohispanos —explica Paz— fueron discípulos de ese gran movimiento y escribieron en un lenguaje y unas formas universales. (…) En el siglo xvii las formas renacentistas se complican; en el xviii, fatigadas, ceden el sitio a la estética neoclásica, asaltada después por la ola romántica; y así sucesivamente hasta llegar a nuestros días. (…) Los poetas mexicanos, desde el siglo xvi, con mayor o menor fortuna, han experimentado todas esas transformaciones. A veces han intentado, sin gran éxito, rechazarlas; otras las han aceptado con demasiada docilidad; otras, en fin, han logrado crear con esos estilos universales obras que no podían ser sino suyas» («Tránsito y permanencia», prólogo al cuarto volumen, Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano, de la primera edición de las Obras completas, en Por las sendas de la memoria. Prólogos a una obra, Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2002, p. 64). Por más heterogéneo que nos parezca el repertorio por él descrito, Octavio Paz también sabe aproximarse con genio a la particularidad, y de hecho resuelve adentrarse en el pasado poblano cuando escribe las páginas principales de su ensayo Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, cuya lectura es de gran utilidad para quienes analizan la dimensión literaria de esta Ciudad de los Ángeles.
A grandes rasgos, el ciclo iniciado en el siglo xvi con los sonetos petrarquistas de Francisco de Terrazas y las piezas de homenaje cortesiano, al estilo de aquellas urdidas por Antonio de Saavedra y Guzmán, cobra un empuje mayor en estas tierras gracias a Gaspar Pérez de Villagrá, nacido en Puebla de los Ángeles en 1555 y autor del poema épico Historia de la Nueva México. Durante el siglo siguiente, crece el número de poetas novohispanos y también se engrandece la calidad de sus entregas. Con justicia figuran entre los más admirables Francisco Ruiz de León y el jesuita Carlos de Sigüenza y Góngora. Pero no ha de olvidarse, por sus cualidades peculiares, la himnografía hispano-latina que se reúne en volúmenes como el Misal y Oficio gótico, publicado en Puebla por el obispo Fabián y Fuero: Missa gothica seu Mozarabe et Officium itidem Gothicum (…) Angelopoli. Typis Seminarii Palafoxiani (1749; ed. 1770) (Lo cita, con su habitual oportunidad, Menéndez Pelayo en su Antología de los poetas líricos castellanos, I, Parte primera: La poesía en la Edad Media, en Obras completas, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1940-1966, p. 49). Ya dijimos que la forma ceñida de ese tipo de himnos alcanzó difusión en Puebla gracias a la imprenta. Y si bien figuran entre lo más atractivo de la escritura religiosa novohispana, su lugar en nuestro itinerario queda relegado al anaquel donde reuníamos otros impresos de idéntica naturaleza.