Para captar el clima literario que envuelve todo lo relacionado con la historia de Puebla de los Ángeles —también llamada, con sesgo sobrenatural, Angelópolis—, conviene visitar previamente una biblioteca de cuyos anaqueles hemos de extraer el instrumental requerido en nuestra visita. Dando con el tono requerido por esta proposición, Edna Coll ofrece un buen comienzo en su artículo «Lo real maravilloso americano en los cronistas de Indias» (Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana: El barroco en America, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, Universidad Complutense de Madrid, 1978, pp. 1327-1335). No en vano, es la maravilla uno de los componentes del Barroco de Indias, y por extensión, de tantos y tantos impresos coloniales que expresan la crónica de esta metrópoli. En realidad, este relato prodigioso y solemne compete a autores como Luis González Obregón, Niceto de Zamacois, José Ignacio Dávila Garibi y el jesuita Andrés Cavo, pero la fidelidad al detalle más exacto recomienda un primer acercamiento, siempre cordial, a don Mariano Fernández de Echeverría Veytia, cuya Historia de la Fundación de la ciudad de Puebla de Los Ángeles (México D.F., Imprenta Labor Mixcoac, 1931) orienta al visitante con magnífico criterio. A partir de ahí, ya puede el curioso frecuentar a placer la obra de historiadores como Lucas Alamán (Disertaciones sobre la Historia de la República Mexicana desde la época de la conquista que los españoles hicieron a fines del siglo xv y principios del xvi de las islas y continente americano hasta la independencia, 1849), Baltasar Dorantes de Carranza (Sumaria relación de las cosas de Nueva España, 1902), Francisco A. De Icaza (Conquistadores y pobladores de Nueva España, 1923) y Manuel Rivera Cambas (Los gobernantes de México. Galería de biografías y retratos de los virreyes, emperadores, presidentes y otros gobernantes que ha tenido México, 1872). En dichas lecturas figura una promesa aún más ambiciosa, relacionada con detalles y anécdotas que hallaremos en la edición multimedia Memoria urbana de la Ciudad de Puebla: Inventario de la serie de expedientes del Archivo general del Ayuntamiento, 1590-1910 (Archivo General del Ayuntamiento de Puebla, Instituto de Investigaciones Dr. José Maria Luis Mora, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 1998). Sin duda, con este repertorio podremos abarcar buena parte de lo relacionado con la Angelópolis colonial, incluyendo esa variedad apócrifa de leyendas que viene a aderezar el filón auténtico de la historia.
Comencemos, pues, semejante recorrido a través de los siglos. Al atender lo explicado por A. René Barbosa-Ramírez, el pasado precortesiano no se refleja tanto en una unidad política sino fiscal. Abarcando un territorio que iba desde el golfo de México hasta el océano Pacífico, desde el istmo de Tehuantepec hasta las riberas del Pánuco, «existían no sólo ciudades no conquistadas por los aztecas, como Tlaxcala, el reino de Michoacán o las regiones huastecas y mixteco-zapotecas, sino que, en las ciudades y lugares efectivamente administrados y controlados por los aztecas, existía una autonomía política y religiosa real de parte de las poblaciones vencidas» (La estructura económica de la Nueva España 1519-1810, México D.F., Siglo xxi Editores, 1971, p. 18). Si concentramos el panorama en el área poblana, el caso es que hay un claro rastro de la cultura de los otomíes, luego desplazada por la propia de los nonoalca. A lo largo de medio milenio, los olmecas controlaron Cholula, pero ese dominio fue menoscabado por los toltecas. Del mestizaje de estos últimos con los chichimecas nacieron luego los cholultecas, a su vez subyugados por los huejotzincas, quienes por fin cayeron bajo el poder de los mexicas. Cuando los colonizadores españoles avanzan por este territorio, el conflicto étnico que venimos describiendo es una baza a su favor, y de hecho, se conoce bien la medida en que benefició a sus fines el enfrentamiento entre mexicas y tlaxcaltecas.