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Puebla de los Ángeles

Paisaje humano (1 de 3)

Al caracterizar de una manera general el modo de ser de una determinada ciudad, suele cobrar ventaja el estereotipo. Este se insinúa por todas partes, en la novela, en la tradición popular y en el folclore; pero penetra en la poesía castiza con una atención aún menor si cabe a las reglas del realismo y la verosimilitud. A pesar de su copiosa ingenuidad y de su caduco machismo, nos sirve de ejemplo de todo ello el siguiente poema, dedicado a exaltar las virtudes que iluminan a la mujer poblana: «Es entonces —escribe Luis G. Montiel y de Uriarte—, por buena y por graciosa, / para la sociedad digno modelo, / para el vergel de Puebla flor valiosa, / para sus padres bendición del Cielo. (…) Y es que en dicha o dolor, virgen o esposa / con caudal o sin él, joven o anciana, / de todo corazón, siempre piadosa / es por esencia la mujer poblana» (Enrique Cordero y Torres, Poetas y escritores poblanos (por origen o adopción) 1900-1943, prólogo de Francisco Monterde, Puebla, Nieto Impresor, 1953, pp. 366-367). Con los referidos versos, así como con otros del mismo jaez, han fundado ciertos poetas un conjunto vigoroso y fecundo, asentado siempre en el tópico.

Puestos a ironizar, otros autores aprovechan para deslucir esos rasgos angelopolitanos que podríamos abreviar así: señorío de raigambre española, a ratos conservador en sus costumbres, bajo la inspiración emocionada de la historia. «Para mí los poblanos —dice la narradora inventada por Ángeles Mastretta— eran esos que caminaban y vivían como si tuvieran la ciudad escriturada a su nombre desde hacía siglos» (Arráncame la vida, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1987, pp. 9-10). ¿Qué caudal de realidad acarrea el cliché? Por su fuerza evocadora, a menudo más elocuente que una estadística, desearíamos creer la parte más positiva del prejuicio: aquella referida a las inercias del pasado. De ese modo, conceptuando a los poblanos como un grupo humano enriquecido por la tradición, podemos repetir eminentes cualidades que provienen de otros siglos.

Para ofrecer el cuadro de la vida en Angelópolis, nada mejor que pensar en ese tipo de festejos ceremoniales que aún invaden la ciudad en fechas señaladas. Se trata, sin duda, de fórmulas para teatralizar las calles. Este pintoresquismo, por lo demás, nos recuerda un pasado en el que los catafalcos y los autos sacramentales servían para expresar un encanto único y penetrante: el de la síntesis barroca. Nos falta espacio para adentrarnos por esta senda, pero a modo de sugestión libresca, proponemos tres lecturas que agotan otros tantos márgenes del asunto: «Imagen y fiesta barroca: Nueva España, siglos xvi-xvii», de Solange Alberro (en Petra Schumm, ed., Barrocos y modernos: Nuevos caminos en la investigacion del barroco iberoamericano, Frankfurt, Madrid, Vervuert, Iberoamericana, 1998), «El código festivo renacentista barroco y las loas sacramentales de Sor Juana: Des/re/construcción del mundo europeo», de Susana Hernández Araico (Actas del II Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, 17-20 de marzo de 1993, Universidad Autónoma de Ciudad Juarez, 1994, pp. 75-93) y «Visión panorámica del teatro barroco virreinal como expresión del mestizaje hispanoamericano», de Carlos Miguel Suárez Radillo (Juan Antonio Hormigón, ed., V Jornadas de Teatro Clásico Español: El trabajo con los clásicos en el teatro contemporáneo, Madrid, Dirección General de Música y Teatro, Ministerio de Cultura, 1983, pp. 249-270).

El teatro abundó en aquel periodo de Puebla y no es necesario aludir a su muy famoso corral de comedias para atestiguarlo. Con el fin de entender el modo en que los angelopolitanos cedían al encanto de la representación pública puede resultar aún más interesante hablar de otro tipo de cortejos. «Memorable fue el desfile organizado por el Colegio de la Compañía de Jesús en Puebla —escribe Santiago Sebastián López— con motivo de la canonización de San Ignacio y de San Francisco Javier (1623). Presidía el cortejo de los estudiantes un bizarro general vestido de blanco, a caballo, seguido de clarines y chirimías; luego venía el Imperio Mejicano con indios disfrazados a lo chichimeco». ¿Quién los seguía? Nada menos que un sosias de Moctezuma, muy digno sobre su caballo blanco. Tras él, otros participantes personificaban la Monarquía de Japón: el Rey montaba un pálido corcel y sus arcabuceros lo protegían con solemnidad. Más adelante, protagonizaba el cortejo «el Reino de Portugal, con su especial vestimenta; luego el Imperio de Solimán, con sus moros disfrazados, y tras de Carlomagno y sus doce pares con el obispo Turpín venía el Infante Cardenal (arzobispo de Toledo), y aparecía el reino de España con un vistoso acompañamiento de cortesanos. Tras de Felipe IV venían el papa Gregorio XV y el colegio cardenalicio y las carrozas a manera de galeras: Triunfo de la Religión, con San Ignacio al timón; Triunfo de la Fe, en forma de castillo, con San Francisco Javier, y Triunfo de la Gloria, lleno de ángeles, que aludían a la propia Puebla (Ciudad de los Ángeles)» («Arte iberoamericano desde la Colonización a la Independencia», Primera parte, Summa Artis. Historia General del Arte, volumen XXVIII, Madrid, Espasa-Calpe, 1985, p. 452).

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