El esfuerzo más feliz por recrear el entorno poblano tiene su razón de ser en la poesía. No hay duda de que ciertas cualidades de forma y fondo pueden relacionar la lírica y la biología, y ello, pese al escándalo que pueda ocasionar a científicos y agrimensores, nos anima a situar en primera línea a un personaje menos cartesiano: el prebendado de la catedral poblana, don Miguel Jerónimo Martínez, quien dedicó uno de sus más bellos sonetos a la naturaleza y al fervor religioso de esta tierra: «Podando estoy mi solitario huerto, / Hora que, del invierno a los rigores, / Marchitos aun los árboles mayores, / Tornóse el campo un árido desierto. / Cuando de galas y esplendor cubierto, / El Abril pasa derramando flores, / Del sol a los vivíficos ardores / Mis árboles darán su fruto cierto. / Si otra poda interior hacer pudiera / Allá en mi corazón y el alma mía, / ¡Con qué dulce placer, con cuánto anhelo / En el místico huerto recogiera / Flores de amor filial para María, / Frutos de vida eterna para el cielo!» (Menéndez Pelayo lo toma de Acopio de sonetos castellanos, 1877, y lo cita en Historia de la poesía hispanoamericana, I, en Obras completas, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1940-1966, p. 147).
Por lo que hace a las condiciones físicas que afectan a la Ciudad de los Ángeles, esta alusión sobrenatural que recorre las palabras de don Miguel no es nueva. Una moderna referencia para el viajero, la Guía para el recién llegado a Puebla (Secretaría de Finanzas y Desarrollo Social del Gobierno del Estado de Puebla, 2002), recuerda que al valle de Puebla llegaron peregrinos de filiación olmecoide para fundar su Ciudad Santa a las orillas de una laguna. ¿Cómo explicar el toque divino que dejó su rastro sobre la Gran Pirámide de Cholula? Esta y otras cuestiones se explican con la leyenda: «Siglos de veneración dieron lugar al monumento más grande que mano del hombre haya hecho en este continente: un basamento piramidal de 450 metros por lado (casi medio kilómetro) y 65 de altura, prácticamente un pequeño cerro artificial, pero que en su momento lució un elegante revestimiento de piedra y un templo amplio para alojar la imagen del Chiconahui Quiáhuitl (Nueve Lluvia), dador de la anhelada lluvia». Por descontado, parece apropiado relacionar el don pluvioso de esa deidad con otros regalos que ofrece el valle a sus habitantes. No sorprende por ello que tantos escritores hayan querido cruzar con su imaginación tan espacioso vestíbulo antes de penetrar en la ciudad. «Ante la inmensidad un mar fecundo escribe Francisco Pérez Salazar y de Haro, / Ondulante ficción del panorama, / De frutos en sazón, en cada rama, / Y mies de pan llevar en cada fundo; / Ante aquellos volcanes sin segundo, / Que baña el sol con su purpúrea llama / Y en vislumbres dorados los inflama... / Se adora a Dios y se bendice el mundo» (Enrique Cordero y Torres, Poetas y escritores poblanos (por origen o adopción) 1900-1943, prólogo de Francisco Monterde, Puebla, Nieto Impresor, 1953, p. 106).
Aunque a Angelópolis no le falta viveza y animación, basta ir un poco más allá de su linde para descubrir maravillas naturales como la laguna de Epatlán. Parecido comentario merece ese microcosmos agrario que en otro tiempo llevó a decir que Puebla era el granero virreinal. Huertas, haciendas y jardines que admiten, por lo demás, una lectura precortesiana. «La administración de tierras efectuada por esos municipios escribe A. René Barbosa-Ramírez no son más que supervivencias de lo que antaño había concedido el calpulli; los cultivos en común deben practicarse para cubrir las diferentes necesidades municipales, y esto guarda gran semejanza con las costumbres precolombinas» (La estructura económica de la Nueva España 1519-1810, México D.F., Siglo xxi Editores, 1971, p. 126). Provista de muy atractivas riquezas en sus campos, la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Puebla de los Ángeles el rótulo corresponde al 6 de febrero de 1576 fue un centro cerealero de primer nivel y los molinos del río Atoyac producían una ingente cantidad de harina. De otro lado, en sus praderas pastaban numerosísimas ovejas, núcleo de una industria lanar de muy merecida fama.
La prosperidad agraria merece comentarios que implican la bonanza del clima. Un cronista admirable, don Miguel de Alcalá y Mendiola, insiste en que el temperamento de la condición atmosférica es templado, «aunque a poca distancia, por la parte del sur, se reconoce tocar en caliente, y a siete leguas de distancia mucho más, por la parte de la villa de Atlixco en adelante, y por la del oriente, a poco trecho, pues sólo un río divide sus términos, se conoce otra constelación de mejores tierras, más templados y saludables aires y más delgadas aguas, pues hasta las que se descubren en sus hondos pozos son apetitosas y saludables y las que corren en el río de la ciudad y su desagüe son suficientes y aun bastante para el abasto de molinos, curtidurías, batanes y el riego de muchas huertas que piden su corriente» (Descripción en bosquejo de la imperial cesárea muy noble y muy leal ciudad de Puebla de los Ángeles, estudio introductorio de Ramón Sánchez Flores, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Dirección General de Fomento Editorial, 1997, p. 41).